“Amor a la verdad y odio a la mentira”




Hola, Alicia:

Te escribo porque cuando llegues a casa es posible que te sientas muy mal. Y por más que ahora quieras que Pere esté ahí muerto de amor por vos, las batallas hay que darlas y hay que estar preparada para perderlas también.
Por eso te escribo, me escribo, desde la última parte de este recorrido que empezó con tanto para aprender y que termina con un presente incierto. Es el último lugar en el que San Martín soñó con un mundo de hombres libres. Quizás el general te ayude a pasar estos días, a darte valor y templanza para poder enfrentar y escuchar de sus ojos tu futuro. Porque se trata de saber cómo vamos a vivir, vos, yo, él, cuando fijemos nuestra libertad y sus límites.
El liberator nos está observando desde su caballo, ahí, con la bandera en alto. No podemos defraudarlo.
Pero vamos cerrando senderos. Esta es la última parada.
Así transcurrieron sus últimos años: en 1841 su amigo Aguado lo invita a ir con él a España, pero las autoridades no lo dejan entrar con papeles que digan que es un general argentino. Como ciudadano común, sí puede entrar, pero como general argentino, no. El se niega y renuncia al viaje. Uno es lo que es y que nadie nos diga cómo debemos nombrarnos. Y ese viaje termina horrible: su amigo Aguado muere por un accidente en el camino. Lo entierran en París, en el cementerio de Père-Lachaise, con una leyenda en su lápida que dice: “No busquen entre los muertos al que vive”. Es una cita del evangelio. Viéndolo desde hoy, buscar vida entre las cosas muertas se convirtió en un estilo de vida, ¿no? Pero bueno, sigamos.
Parece que con el mismo tino con el que yo encuentro puertas cerradas, a los San Martín los persiguen las revueltas: en 1848 tienen que dejar Grand Bourg cuando empiezan las luchas que acaban en la abdicación del rey y el comienzo de la Segunda República Francesa. Se vienen a este pueblo y se instalan en dos habitaciones de esa casa que está ahí, a dos cuadras de mi hotel. Con setenta años, muy mal de salud, con unas cataratas que le impiden leer y escribir cartas, en sus últimos años se dedica a conversar con sus visitas y, especialmente, con su vecino, el abogado y bibliotecario del pueblo Adolphe Gerard, quien absorbe con entusiasmo todas sus historias. Y el 17 de agosto de 1850, ya sabemos, el general deja incumplido su sueño de descansar en su patria.
Pero, después de todo lo que pasamos para llegar hasta acá, la última escala de este viaje debe ser otra cosa, porque si es lo que es, su muerte, nuestra soledad, la verdad que es una mierda.
Hay una parte de la historia de San Martín en la que no me detuve antes. Creo que ahora es cuando.
Empecé este viaje tratando de entender ese tipo de amor excepcional hacia América por el que puso su vida en juego tantas veces y del que luego se alejó sin retorno. Por qué. Por qué sí y luego por qué no. Y esa pregunta la hago quizás para entender mis propias partidas o con la esperanza de encontrarle sentido a los nuevos puertos. Qué se yo. Y además en algún momento de este recorrido esa respuesta se volvió urgente.
Quiero pensar que no hay un momento único en el que todo en la vida cobra sentido. Pero sí que hay una instancia crucial en la que se logra nombrar lo que uno es y, especialmente, lo que no es para así hacer que el mundo se dirija hacia ese destino.
Mi primera sorpresa, en la que los libros de historia no se detienen, es que no dejó el Río de la Plata dos veces, una con seis años y otra con cuarenta y cuatro, sino que lo hizo una vez más, cuando todavía vivía en Bélgica. Y ese, creo, es el momento en el que San Martín mostró a todos lo que no era y lo que no quería ser nunca.
El contexto de esa tercera vuelta era el siguiente: en 1828, el Río de la Plata estaba en medio de una guerra civil entre los unitarios, que querían un poder único centralizado en la capital, y los federales, que esperaban un gobierno compartido con las provincias autónomas. Entre los unitarios estaba el archienemigo del general, Bernardino Rivadavia, al que el congreso con mayoría de los suyos había elegido como primer presidente nacional. Y entre los federales, Manuel Dorrego, independentista y amigo de San Martín. Como si esto no fuera suficiente, y por culpa de la anexión de la Banda Oriental al Río de la Plata por parte de un general unitario, también estábamos en guerra con Brasil. El gobierno de Rivadavia fue un desastre, nuestra primera deuda externa impagable lleva su nombre, y encima aprovechó el cargo para ir contra San Martín: disuelve el cuerpo de Granaderos a Caballo, lo hace seguir por espías en Europa y le intercepta las cartas que envía a sus amigos en el Río de la Plata. Lo odiaba. Pero se ve que pasó demasiado tiempo odiando y no se dedicó a lo que debía, por lo que su gobierno termina firmando la derrota con Brasil y él renunciando. Manuel Dorrego se hace cargo de la gobernación de la provincia de Buenos Aires e intenta arreglar el desastre. En ese momento es cuando San Martín decide volver, no con intenciones de ocupar cargos, sino para tener una vida tranquila, retirado en los territorios por los que habría dado su vida.
Pero cuando llega a Brasil se entera de que Dorrego había sido fusilado sin juicio ni proceso por otro unitario, Juan Lavalle. No se detiene, sigue viaje hasta Buenos Aires, aunque ya había decidido no desembarcar. El amor romántico que exige a la pasión que se llene de espinas y culmine en la muerte no es el tipo de unión que el Libertador tenía en su vida, ni con su patria, ni con la historia. Sus deseos de igualdad, libertad y fraternidad estaban urdidos con corazón y con razón.
Seis días se queda en el barco frente al puerto arreglando sus asuntos económicos. Los gobiernos de los países liberados no pagaban bien a sus héroes y sumado a que el cambio no lo favorecía, vivir en Europa lo obligaba a una vida restringida. Unos años después de este, su último intento, su hija y su yerno vendrían a liquidar definitivamente sus bienes.
Durante esos días en el puerto, San Martín incomodaba al gobierno de Buenos Aires, él lo sabía bien. Desde los periódicos y anónimamente, con una nota firmada por “unos argentinos” —parece que los ataques cobardes son anteriores a Twitter y Facebook—, le reprochan que elija no quedarse. Afirmando mentiras —llaman “paz honrosa” a la derrota con Brasil— y armando un enemigo donde no lo hay, lo atacan con cinismo: “Es raro que hayáis encontrado el país indigno de habitarlo, y regreséis sin verlo […]. ¿Qué podremos ofrecer que os halague si no queréis ni ser compañero nuestro, ni nuestro guía, ni nuestro consejero? Nos abandonaís”. Lo acusan y le recuerdan que “a ningún hombre por grande que sea su mérito, le es permitido divorciarse con la patria”.
Esa, exactamente esa, es la tragedia que nos atraviesa. Con la soberbia de lo que no se es, reclamando al otro que entregue hasta su último aliento.
Pero don José responde con firmeza y argumentos más amplios que el conocido “mi sable no se desenvainará jamás en guerras civiles”.
Porque sabe que le pedirán ser el salvador de la patria, el mago que resuelva lo que, en sus palabras, “en tal estado de exaltación al que han llegado las pasiones, es imposible resolver sin el exterminio de unos por los otros”.
Sabe también que podría aceptar el cargo para desde ahí cobrar venganza, pero como le dice en una carta a O’Higgins: “Es necesario enseñarles la diferencia que hay entre un hombre de bien a un malvado”
San Martín entonces dice no, pero no como renuncia, sino como el límite que no debe cruzar para seguir siendo fiel a su ideario.
Lo dice claro. Se cuestiona si “después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos, ¿me sería permitido por el que quedase vencedor usar de una clemencia que está en mis principios, en el del interés de nuestro suelo y en la de la opinión de los gobiernos extranjeros, o se me obligaría a ser el agente de pasiones exaltadas que no consultan otro principio que el de la venganza?”
Y deja por escrito en otra carta, a Tomás Guido, lo que deberían enseñarnos en la escuela con más urgencia que el recitado de las máximas a su hija. “No faltará algún Catón que afirme tener la Patria un derecho de exigir a sus hijos todo género de sacrificios; yo responderé que esto, como todo, tiene sus límites: que a ella se debe sacrificar sus intereses y vida, pero no su honor y principios.
Esta es mi esperanza, sin ella y sin el sueño (como dice un filósofo) los vivientes racionales dejarían de existir”.
Me gustaría decirle, mientras lo miro en su estatua, que muchas gracias general, por sus esperanzas y sus sueños. Y por mantener sus límites más allá de los triunfos.
Y ahora Alicia, vas a mandarte esta carta que llegará después que vos a tu casa. Y si toca enterrar muertos, habrá que hacerlo, pero asegurate antes de que estén realmente muertos. Porque sabes que vos, yo, sin ese cóctel de emociones en efervescencia y torpezas en que se convierte Pere antes de cada estreno, sin esa compañía de paseante dominguero cuando está en casa esperando su próxima obra, serías una autopista de salida siempre. Y será por la posibilidad de que ya no esté para interpelar tu mirada o por chocar con tanta puerta cerrada en estos días, que te morís de ganas de entrar y permanecer. Ojalá nos queden sueños y esperanzas para vivir juntos.