¿Quién va a creer que es una
elección libre?
La noche en que Pere llega a
Barcelona sin su llave, es a Blanca a quien llama para pedirle alojamiento.
Tenían que hablar. Hubiera preferido poder pensar un poco más, pero quería
decirle que se le habían aclarado algunas ideas. Después de esa última noche en
el hotel y del desayuno, tenía claro que quería estar con Alicia.
—¿Por qué no contestabas mis
llamadas? —le dice en cuanto sube al coche.
—Ese día fue un poco intenso… y
cuando vi el teléfono…
—Estoy embarazada —suelta Blanca
sin preparación previa.
Pere gira la cabeza para mirarla
con ojos desorbitados.
—Es de Marc —remata.
—¿Qué? —es lo único que puede decir
desde el fondo de esa montaña rusa.
Blanca le explica que cuando Marc
fue a proponerle hacer la obra, hace dos meses, tontearon un poco, un par de
copas, algunas noches. Y luego, cuando apareció él, ella sintió algo de
nostalgia y que por eso esa noche… Pero en esas dos semanas Marc y ella habían
congeniado muy bien y después del resultado del test…
—¿De Marc? ¿Y cómo sabes?
—Estoy de casi dos meses y lo
nuestro fue hace… ¿tres semanas?
—No llegan —responde él haciendo
rápidos cálculos mentales para estar totalmente seguro.
—¿No estás enfadado? —pregunta ella
innecesariamente porque la respuesta brilla en la sonrisa que transforma su
cara.
Se ríen. Mucho. Se abrazan, se
besan, vuelven a reír. Mucho.
—¿Y por qué tantas llamadas? —quiere
saber Pere una vez instalado en el sofá de casa de Blanca.
—Porque quería que lo
supieras antes de volver. Marc me dijo que empezaban los ensayos y era bueno
para los tres hablarlo antes, ¿no?
Sí, claro que sí, saberlo antes.
—Ayer por la noche le dije a Alicia
que tú y yo… —definitivamente es la peor persona del mundo para guardar
secretos.
—¿Qué tú y yo qué? —pregunta ella.
—Ya sabes…
—Ah, Pere… Tú y yo… —explica ella
maternalmente—, tú y yo estuvimos juntos durante seis años, pasamos
estupendamente ese tiempo, luego ocurrió eso que… nos hizo cambiar, ¿no?
—Y tanto… —acepta él, y luego de
pensar unos segundos agrega—: Pero es que cuando nos encontramos… y la semana
pasada… Fue tan fuerte…
—Siempre nos va a pasar, creo yo.
Nos queremos, claro. Nos recordamos felices, despreocupados, creciendo en lo
que nos gusta hacer, pero… también está lo otro… lo que no… hay.
Se quedan en silencio unos momentos
hasta que Blanca pregunta:
—¿Y por qué le has dicho? ¿Pensabas
que tú y yo íbamos a…?
—No… bueno, tal vez… No quería
engañarla, si es que…
—Deberías haberme preguntado antes,
¿no?
—Ey, me estás haciendo sentir muy
imbécil, ¿eh? —responde él sinceramente.
Ella sonríe y se deja caer sobre su
hombro.
—Bueno, todavía estás a tiempo de
aprovechar el momento y decidir si quieres estar con ella o no. Ya está la duda
sembrada...
—No, es que sí la quiero, pero es
que tenía tantas ganas de estar aquí…
—¿Por mí?
—No, por la obra.
—Ah, bueno, gracias —dice Blanca
con tono burlón—. Eres como un niño pequeño a veces.
—¿Te he contado que que encontré a
Alex en Londres? —recuerda Pere de pronto.
—No, no hemos hablado más que de
nosotros... Por separado quiero decir, de ti, de mí… a ver si te crees.
—Ya, deja de machacarme, ¿quieres?
—Muy bien. Ya no más. ¿Y qué hace
Alex en Londres? ¿Está bien?
—Muy bien, trabaja en la
universidad con su chica. Estuvimos con ellos en su casa dos veces. Alex y yo
nos pusimos al día con el cotilleo local mientras Amy y Alicia hablaron mucho
de San Martín.
“¿De quién?”, quiso saber Blanca,
pero en cuanto Pere empezó a explicarle notó que sus ojos se iluminaban porque
en el relato el prócer se mezclaba con Alicia y sus ganas, sus manías, sus
formas de lanzarse a caminos sin metas, sus risas…
—Pere, estás pillado por esa
argentina, ¿eh? Te has encendido como las calles en Navidad al hablar de ella. ¡Mira
que eres burro!
—Verás que ahora será ella la que
me deja. —Era una posibilidad, claro.
—No seas tonto —lo tranquiliza
Blanca—, si te quiere no se irá, pero madura de una puñetera vez...