Capítulo 7 - Libertad para decidir



¿Quién va a creer que es una elección libre?
La noche en que Pere llega a Barcelona sin su llave, es a Blanca a quien llama para pedirle alojamiento. Tenían que hablar. Hubiera preferido poder pensar un poco más, pero quería decirle que se le habían aclarado algunas ideas. Después de esa última noche en el hotel y del desayuno, tenía claro que quería estar con Alicia.
—¿Por qué no contestabas mis llamadas? —le dice en cuanto sube al coche.
—Ese día fue un poco intenso… y cuando vi el teléfono…
—Estoy embarazada —suelta Blanca sin preparación previa.
Pere gira la cabeza para mirarla con ojos desorbitados.
—Es de Marc —remata.
—¿Qué? —es lo único que puede decir desde el fondo de esa montaña rusa.
Blanca le explica que cuando Marc fue a proponerle hacer la obra, hace dos meses, tontearon un poco, un par de copas, algunas noches. Y luego, cuando apareció él, ella sintió algo de nostalgia y que por eso esa noche… Pero en esas dos semanas Marc y ella habían congeniado muy bien y después del resultado del test…
—¿De Marc? ¿Y cómo sabes?
—Estoy de casi dos meses y lo nuestro fue hace… ¿tres semanas?
—No llegan —responde él haciendo rápidos cálculos mentales para estar totalmente seguro.
—¿No estás enfadado? —pregunta ella innecesariamente porque la respuesta brilla en la sonrisa que transforma su cara.
Se ríen. Mucho. Se abrazan, se besan, vuelven a reír. Mucho.
—¿Y por qué tantas llamadas? —quiere saber Pere una vez instalado en el sofá de casa de Blanca.
 —Porque quería que lo supieras antes de volver. Marc me dijo que empezaban los ensayos y era bueno para los tres hablarlo antes, ¿no?
Sí, claro que sí, saberlo antes.
—Ayer por la noche le dije a Alicia que tú y yo… —definitivamente es la peor persona del mundo para guardar secretos.
—¿Qué tú y yo qué? —pregunta ella.
—Ya sabes…
—Ah, Pere… Tú y yo… —explica ella maternalmente—, tú y yo estuvimos juntos durante seis años, pasamos estupendamente ese tiempo, luego ocurrió eso que… nos hizo cambiar, ¿no?
—Y tanto… —acepta él, y luego de pensar unos segundos agrega—: Pero es que cuando nos encontramos… y la semana pasada… Fue tan fuerte…
—Siempre nos va a pasar, creo yo. Nos queremos, claro. Nos recordamos felices, despreocupados, creciendo en lo que nos gusta hacer, pero… también está lo otro… lo que no… hay.
Se quedan en silencio unos momentos hasta que Blanca pregunta:
—¿Y por qué le has dicho? ¿Pensabas que tú y yo íbamos a…?
—No… bueno, tal vez… No quería engañarla, si es que…
—Deberías haberme preguntado antes, ¿no?
—Ey, me estás haciendo sentir muy imbécil, ¿eh? —responde él sinceramente.
Ella sonríe y se deja caer sobre su hombro.
—Bueno, todavía estás a tiempo de aprovechar el momento y decidir si quieres estar con ella o no. Ya está la duda sembrada...
—No, es que sí la quiero, pero es que tenía tantas ganas de estar aquí…
—¿Por mí?
—No, por la obra.
—Ah, bueno, gracias —dice Blanca con tono burlón—. Eres como un niño pequeño a veces.
—¿Te he contado que que encontré a Alex en Londres? —recuerda Pere de pronto.
—No, no hemos hablado más que de nosotros... Por separado quiero decir, de ti, de mí… a ver si te crees.
—Ya, deja de machacarme, ¿quieres?
—Muy bien. Ya no más. ¿Y qué hace Alex en Londres? ¿Está bien?
—Muy bien, trabaja en la universidad con su chica. Estuvimos con ellos en su casa dos veces. Alex y yo nos pusimos al día con el cotilleo local mientras Amy y Alicia hablaron mucho de San Martín.
“¿De quién?”, quiso saber Blanca, pero en cuanto Pere empezó a explicarle notó que sus ojos se iluminaban porque en el relato el prócer se mezclaba con Alicia y sus ganas, sus manías, sus formas de lanzarse a caminos sin metas, sus risas…
—Pere, estás pillado por esa argentina, ¿eh? Te has encendido como las calles en Navidad al hablar de ella. ¡Mira que eres burro!
—Verás que ahora será ella la que me deja. —Era una posibilidad, claro.
—No seas tonto —lo tranquiliza Blanca—, si te quiere no se irá, pero madura de una puñetera vez...