—Los escoceses también tienen
su idioma, ¿no? —pregunta Alicia sin correr la
vista de la pantalla.
—No lo sé —responde Pere
mientras aparta con torpeza los beans de su
tostada.
—Sí, sí, lo tienen pero no es como el catalán.
—Nop, es escocés —acota con sentido del
humor elemental. Y agrega—: Ayer fue una
verdadera torre de Babel en casa de Alex, ¿no?
—Sí, es verdad. Creo
que tenemos casa en el tercer o cuarto piso de esa torre, ¿no? Y como siempre, como estoy con vos, me empiezan a hablar en catalán y en
cuanto se dan cuenta de que no lo hablo,
cambian al castellano y tengo que recordarles varias veces que sigan, que yo entiendo, pero no hablo...
—Y ayer sumamos el inglés. Fue
muy raro, de verdad —y después de pensarlo un poco le pregunta—: ¿Y tú porque
no hablas en catalán?
—¿Para qué?
—¿Para qué? Hace veinte años
que vives en Barcelona. ¿Preguntas para qué?
—Si nos entendemos… es
innecesario… creo.
Pere hace un gesto que sin ser
desaprobador demuestra al menos no estar de acuerdo y da un buen sorbo al café
con leche de su desayuno. Eso la obliga a pensar.
—Bueno, tal vez… digamos que
me da cierto… posicionamiento.
—En la acera de enfrente, como
siempre. Del otro lado y mirando de lejos.
Esta conversación estaba viciada de
otros temas, sin duda.
—OK. A ver. Hablando en serio… Me gusta
escucharte hablar en catalán. Es como si fueras construyendo un mundo diferente
delante de mí. Un mundo que comprendo aunque
no sea… no haya nacido en él. Es ajeno, es
cercano, es tuyo. También me gusta escucharte hablar en español. Es dulce,
parece como una canción… serán las c y las z… no lo sé. Y, debo decirlo,
me molesta un poco cuando te argentinizás, cuando
usas alguna de mis palabras o se te contagian algunos tonos…
A esa altura, la cara de Pere
demostraba consternación, y profunda, además.
—Y yo —agrega ella—, cómo te explico… para mí el idioma
es esa distancia que hay que recorrer cada vez, todas las veces. Escucho hablar
a la gente en catalán y tengo que hacer un poco de esfuerzo, concentrarme más,
prestar más atención y entonces tengo esa sensación de que a pesar de todo, ahí
estamos, entendiéndonos. Y cuando vos me hablás en español es un poco de lo
mismo, pero con más serenidad y música. Y luego yo hablando como siempre,
porque no puedo cambiar, sonaría, me sonaría, falsa…
—¿Y con el inglés no te pasa? —acorrala él.
—No. —Y después de pensarlo un momento, agrega—: El
inglés es solo una herramienta, no hay amor en ese intercambio...
Él la mira un momento sin decir palabra y luego cierra
la conversación con un: “Desde luego… “.
El teléfono de Pere vuelve a sonar.
Es la cuarta vez que entra un mensaje. Le avisa que va a responder a ver qué
pasa. Se levanta y se aleja de la mesa. Ya era miércoles, seguro habría
noticias.
Tarda un buen rato en volver.
Alicia busca en su cara una respuesta, pero no la encuentra.
—¿Novedades? —pregunta directa al fin.
—Todo va bien. Nada cerrado
por un par de temas burocráticos, pero Marc dice que en cuanto vuelva empezamos
los ensayos —lo dice con emoción pero no del
todo feliz.
—Bueno, celebremos entonces,
¿no?
—Sí, celebremos —acepta,
primero mirando fijo el teléfono, luego guardándolo en el bolsillo como si quisiera olvidar algo que salió mal.