Pere debía asegurarse en esos tres
días de que realmente nada podía acelerar el inicio de la obra. Estaba muy
entusiasmado y la idea de un movimiento en falso que fulminara el proyecto le
preocupaba mucho. Por eso queda con Marc, el director, en un bar del centro.
Después de los saludos de rigor y del
intercambio de chismorreos del ambiente, Pere le pide que le repita el estado
del proyecto, que le asegure que va a salir. Marc no puede hacer eso. “Es parte
del desafío”, le recuerda. “Todo puede desaparecer en cualquier momento. Pero
cuando sale, ¡uf!”.
Pere lo mira mientras bebe su
cerveza y piensa que, aunque tiene razón, no le es suficiente. Sabe que solo
puede encontrar seguridad en esa terraza de bar mirando los árboles, el sol de
otoño colándose entre las hojas, las mesas cercanas en donde la gente no para
de hablar. En el camarero que se encarga de mantener las gargantas húmedas, en
las croquetas de jamón que siempre están un poco saladas. Pero esa seguridad
tampoco existe, la fabrica porque no concibe la idea de que todo eso alguna vez
pudiera faltar.
—Olvídate, esto va a salir,
pero tienes que tener paciencia —asegura Marc.
Hablaba en un catalán claro, que
sonaba muy dulce en su voz. Pere y él se conocían desde hacía más de treinta
años, desde el colegio en que descubrieron el teatro como un coliseo de
emociones y sueños. Ahora Marc tenía experiencia como director y arriesgaba
hasta límites poco ortodoxos sus puestas, que no siempre eran bien recibidas.
Pere disfrutaba tanto trabajar con
él como lo sufría. Tenía oficio ya, sabía moverse, mirar y modular su voz, pero
el estrés de esa dirección tan provocativa y cuestionadora a veces lo ponía
hasta un poco enfermo. Esta obra lo había encandilado desde el texto, lo
desafiaba la puesta, y lo decidió la posibilidad de actuar con Blanca.
—¿Has hablado con Blanca? —quiso
saber Marc.
Pere piensa un enjambre de respuestas,
todas igual de incómodas, así que responde con un “luego”. Breve, seco. Final.
—Mira —intenta tranquilizarlo Marc—, te vas y si surge algo, te aviso.
Hablamos y te vienes, en seis horas como mucho estás de vuelta. Pero descuida,
nada va a empezar antes de tres semanas.
—Bien, tú me avisas. Por las
dudas, me llevo el guion y voy estudiando.
—Has lo que quieras, nos vemos
a la vuelta. ¡Y habla con Blanca!
Marc se despide apurado porque
recuerda una cita en la otra punta de la ciudad. Pere se queda en el bar, con
el teléfono en la mano, decidiendo si es necesario llamar o alcanzaba solo con
mandar un mensaje a Blanca.
“me voy por tres semanas, nos vemos
a la vuelta”. Mensaje, mejor mensaje. Desde el otro lado llega un “que la pases
bien”. Así, sin emoción ni entonación, no le es posible decidir si era
parquedad o ironía. “vemos a la vuelta”, repite él para que ella cierre la
conversación con un dibujito de pulgar amarillo hacia arriba.
Cuando llega a su casa, Alicia ya tiene
su propia maleta armada y le ha dejado la otra vacía sobre la cama.
—Pero si nos vamos dentro de
dos días, ¿ya has preparado tu maleta? —pregunta mientras le ofrece una cerveza—. Yo no
voy a hacer nada ahora, mañana por la noche le pongo dos o tres cosas y listo.
“Sí”, responde ella sin prestarle
mucha atención. Mira atentamente el portátil que ilumina su cara con un tono
azulado en medio de la penumbra que empieza a desplegar el atardecer. Él le
pregunta qué está consultando y ella solo dice “datos”, sin dar más
precisiones.
—Si todo el recorrido va a ser
así desde luego que la vamos a pasar… —refunfuña
sin demasiado enojo.
—¡Listo! —interrumpe saltando de la silla y mirándolo con los ojos brillantes—.
Tenemos entradas para ver una de las mejores y más famosas obras de Londres…
Pere la mira expectante.
—¡El rey león! —grita Alicia y se queda con una
sonrisa enorme y fingida esperando en su cara.
—Ah, qué bien… un musical…
—Bueno, no, no es “un”
musical, es “el” musical, ¿qué te parece? —ella sabe perfectamente que él odia los musicales más que ponerle
queso al arroz— ¡No tonto! —interrumpe el
chiste antes de que empiecen a surgir
reacciones inesperadas—. Es una que se llama The woman…
—¡…in black! —termina él—. ¿Y cómo
has conseguido entradas tan rápido?
—Bueno, si en treinta años
todavía agota, más que una obra longeva ¡es un milagro!
El resto de la noche es una
precelebración del viaje, al que decidieron ir descubriendo a cada paso con
solo el Libertador San Martín como guía.