Capítulo 2 - La partida




Pere debía asegurarse en esos tres días de que realmente nada podía acelerar el inicio de la obra. Estaba muy entusiasmado y la idea de un movimiento en falso que fulminara el proyecto le preocupaba mucho. Por eso queda con Marc, el director, en un bar del centro.
Después de los saludos de rigor y del intercambio de chismorreos del ambiente, Pere le pide que le repita el estado del proyecto, que le asegure que va a salir. Marc no puede hacer eso. “Es parte del desafío”, le recuerda. “Todo puede desaparecer en cualquier momento. Pero cuando sale, ¡uf!”.
Pere lo mira mientras bebe su cerveza y piensa que, aunque tiene razón, no le es suficiente. Sabe que solo puede encontrar seguridad en esa terraza de bar mirando los árboles, el sol de otoño colándose entre las hojas, las mesas cercanas en donde la gente no para de hablar. En el camarero que se encarga de mantener las gargantas húmedas, en las croquetas de jamón que siempre están un poco saladas. Pero esa seguridad tampoco existe, la fabrica porque no concibe la idea de que todo eso alguna vez pudiera faltar.
—Olvídate, esto va a salir, pero tienes que tener paciencia —asegura Marc.
Hablaba en un catalán claro, que sonaba muy dulce en su voz. Pere y él se conocían desde hacía más de treinta años, desde el colegio en que descubrieron el teatro como un coliseo de emociones y sueños. Ahora Marc tenía experiencia como director y arriesgaba hasta límites poco ortodoxos sus puestas, que no siempre eran bien recibidas.
Pere disfrutaba tanto trabajar con él como lo sufría. Tenía oficio ya, sabía moverse, mirar y modular su voz, pero el estrés de esa dirección tan provocativa y cuestionadora a veces lo ponía hasta un poco enfermo. Esta obra lo había encandilado desde el texto, lo desafiaba la puesta, y lo decidió la posibilidad de actuar con Blanca.
—¿Has hablado con Blanca? —quiso saber Marc.
Pere piensa un enjambre de respuestas, todas igual de incómodas, así que responde con un “luego”. Breve, seco. Final.
—Mira —intenta tranquilizarlo Marc—, te vas y si surge algo, te aviso. Hablamos y te vienes, en seis horas como mucho estás de vuelta. Pero descuida, nada va a empezar antes de tres semanas.
—Bien, tú me avisas. Por las dudas, me llevo el guion y voy estudiando.
—Has lo que quieras, nos vemos a la vuelta. ¡Y habla con Blanca!
Marc se despide apurado porque recuerda una cita en la otra punta de la ciudad. Pere se queda en el bar, con el teléfono en la mano, decidiendo si es necesario llamar o alcanzaba solo con mandar un mensaje a Blanca.
“me voy por tres semanas, nos vemos a la vuelta”. Mensaje, mejor mensaje. Desde el otro lado llega un “que la pases bien”. Así, sin emoción ni entonación, no le es posible decidir si era parquedad o ironía. “vemos a la vuelta”, repite él para que ella cierre la conversación con un dibujito de pulgar amarillo hacia arriba.
Cuando llega a su casa, Alicia ya tiene su propia maleta armada y le ha dejado la otra vacía sobre la cama.
—Pero si nos vamos dentro de dos días, ¿ya has preparado tu maleta? —pregunta mientras le ofrece una cerveza—. Yo no voy a hacer nada ahora, mañana por la noche le pongo dos o tres cosas y listo.
“Sí”, responde ella sin prestarle mucha atención. Mira atentamente el portátil que ilumina su cara con un tono azulado en medio de la penumbra que empieza a desplegar el atardecer. Él le pregunta qué está consultando y ella solo dice “datos”, sin dar más precisiones.
—Si todo el recorrido va a ser así desde luego que la vamos a pasar… —refunfuña sin demasiado enojo.
—¡Listo! —interrumpe saltando de la silla y mirándolo con los ojos brillantes—. Tenemos entradas para ver una de las mejores y más famosas obras de Londres…
Pere la mira expectante.
—¡El rey león! —grita Alicia y se queda con una sonrisa enorme y fingida esperando en su cara.
—Ah, qué bien… un musical…
—Bueno, no, no es “un” musical, es “el” musical, ¿qué te parece? —ella sabe perfectamente que él odia los musicales más que ponerle queso al arroz— ¡No tonto! —interrumpe el chiste antes de que empiecen a surgir reacciones inesperadas—. Es una que se llama The woman
—¡…in black! —termina él—. ¿Y cómo has conseguido entradas tan rápido?
—Bueno, si en treinta años todavía agota, más que una obra longeva ¡es un milagro!
El resto de la noche es una precelebración del viaje, al que decidieron ir descubriendo a cada paso con solo el Libertador San Martín como guía.