23 , Park Road
—¿Y no hay museo?
—No —responde Ali emocionada.
—¿Solo esta placa pintada en
la pared?
—Sí. Acá vivió San Martín.
—Bueno, es bonita. ¿Y qué
otros lugares tenemos para ver?
—Ningún otro. Solo hay esto.
Ali desvía la vista de la placa
azul sobre la inmaculada pared blanca para espiar tras una de las ventanas. En
una mesa pequeña, junto a los cristales, una tetera y un florero con un ramito
de flores secas dan sensación de hogar.
—¿Hemos venido a Londres para
ver… esto? —Pere no salía de su asombro—. ¿Cinco días para… solo esto?
No tenía ni idea de lo que estaba
por comenzar. Pero tampoco Ali.
La placa decía: “Jose de San Martin
(the liberator) 1778-1850. Argentine soldier and statesman. Stayed here”. [1]
Después de sacar algunas fotos del
lugar y repetir varias veces en su cabeza liberator
y statesman, ella puso fin a la
visita.
—¿Crees que se puede ser liberator sin ser soldado y estratega? Yo creo que no. Bueno, listo. Ahora vamos a hacer
picnic ahí enfrente.
Llegan al parque, cruzan el puente
sobre el lago y se instalan en un banco rodeados de aves: gansos, patos,
palomas, cuervos y gaviotas. Mientras comen sus sándwiches, observan sus
movimientos: las entradas y salidas del lago, el amontonamiento cuando algunos
niños les dan comida, la dispersión cuando se acaba. De pronto, mientras una
nena supera su miedo a la muchedumbre de plumas, acercándose de a poco y
tirando pedacitos de pan, llega por detrás un nene de unos ocho o nueve años y corre
sobre ellos solo para verlos huir asustados.
—Lo agarraría de un brazo y lo
sacudiría a ver qué le parece —comenta Ali
ofuscada.
—¿A él o sus padres? —agrega
Pere—. Míralos, ahí detrás, festejando la
gracia de su pequeña bestia.
El niño pasa en ese momento por
delante de su banco, acalorado, roja su cara y el flequillo húmedo, orgulloso de
su incordioso logro. Ellos lo siguen con mirada reprobadora, tan contundente
que el chiquillo abandona su sonrisa y corre a refugiarse junto a sus padres.
Ali se limpia las manos y toma su
cuaderno de notas. Escribe: “Repasar las máximas a Merceditas”, y dice en voz
alta: “El liberator le hubiera sacado
las ganas de seguir molestando a los que no molestan”.
—Bueno, Pere. Ahora sí
comienza el viaje. Vamos, pregunta —dice entusiasmada.
Pero él no tiene demasiado interés,
en realidad, tiene bastante poco. En ese momento pensaba en el argumento de la
obra, lo repasaba mentalmente para adentrarse en otros matices con que dotar a
su personaje. Sale de ese limbo para verla, así, transportada a otros tiempos y
lugares y lista para contagiar su entusiasmo, y no puede menos que darle el
pie.
—Vale, tú ganas… pregunto —dice
y se detiene a pensar qué va a preguntar—. Vale, ahí va: ¿Los ingleses fueron
los que pagaron por la independencia de América?
Alicia conserva por inercia unos
segundo la cara de entusiasmo, pero luego se consterna. No tenía respuesta a
esa pregunta.
—No tengo respuesta a esa
pregunta —dice en voz alta—. Tendremos que seguir, o mejor dicho, empezar y
terminar sin ella… creo.
Pere se siente mal por haber sido
tan específico, por haberla dejado sin el placer de dar detalles y, como si no
hubiera hecho la pregunta anterior, dice:
—¿Cuándo pasó por aquí? ¿Por
qué a Londres?
Ali quería y podía responder a eso.
El recorrido acababa de empezar.
[1] Trad.: José de San Martín (el libertador)
1778-1850.
Soldado argentino y estratega. Se alojó aquí.