Entra al departamento, sin encender
las luces, toma una cerveza de la heladera y se sienta en el sillón iluminado
por las farolas de la calle. Está agotado, los ensayos habían sido largos e
intensos, y su cabeza no tenía rumbo.
Toma su celular y tras pensar un
rato comienza un audio.
“Hola, Ali, ¿cómo va tu general?
¿Ya sabes que buscaba en las calles de ese pueblo frente al mar? ¿Quizás un
poco de paz en este mundo incierto? Y disfrutar un poco de ternura de la gente
que lo amaba… Tal vez nunca haya dejado de soñar y tuvo que vivir con esa
ausencia… Acompañado de sus recuerdos, añorándolos siempre. Como haces tú, o
como yo creía que hacías tú. Aunque ahora no estoy tan seguro. Perdona. Espero
que cuando vuelvas podamos hablar. Te esperaré en casa, si te parece bien. O si
prefieres que no esté, me avisas y voy a casa de Marc.… Pero... Jo t’estimo, ja està”.
Se hace un gesto desaprobador y
continúa con un segundo audio.
“Lo que quiero decir es que… sí,
que se me estropea la brújula de vez en cuando... y si no estuvieras tú para
darme un par de sacudidas, perdería el rumbo para siempre o quedaría preso de
mis ansiedades. Sería un completo idiota sin el cauce extranjero que metes en
mi vida… Oye, ¿te acuerdas cuando fui a pedirte ibuprofeno durante la
cuarentena? Tenía una caja completa en casa.... Pero durante una semana te oí
cantar, olí lo que cocinabas, escuché tus llamadas por internet, te vi hacer la
siesta sentada al sol en el balcón… y pensé: ¿por qué no voy a mezclar mi
locura con la de ella y ver qué sale? Por favor, dime que no la he cagado. Lo
sé. Soy un imbécil”, termina diciendo porque ahora sí que estaba seguro.