“Dieciséis paquetes de diarios y libros”




—Bueno, antes de responder te pongo un poco en clima, ¿si? —dice Alicia de nuevo entusiasmada.
“Primero un cómo, cuándo y dónde arrancó el exilio, aunque sea un poco arbitrario el corte, pero bueno. Simón Bolívar —otro liberator— había liberado la parte norte de Sudamérica de, perdona, ustedes los realistas”. Y continúa a pesar de la cara burlona de Pere. “San Martín, la parte sur: Argentina, Chile, Perú. Argentina no era la de ahora, ya sabes, abarcaba un poco más. Brasil era portugués así que no cuenta. Pero la independencia no estaba resuelta del todo: en las zonas montañosas del Perú los realistas todavía daban batalla”.
—Por Dios y por España, ¡joder! —interrumpe Pere—. Un poco fachas sí que fuimos siempre, es verdad…
“Shh, no te distraigas, ponte en rol, porfa”. Y prosigue: “San Martín reclamaba a Buenos Aires sueldos adeudados y apoyos para la batalla final. Porque había que dar la estocada de gracia. Lo digo en términos taurinos así lo entiendes”. Se ríen y continúa: “Por eso, San Martín se reúne con Bolívar en Guayaquil. Dos charlas y pum, San Martín le deja parte de sus ejércitos y se vuelve para Lima con la idea de dejar la lucha. La verdad es que los hombres íntegros despiertan oscuras envidias y en Buenos Aires lo odiaban, lo querían destruir. Nunca le perdonaron que no haya querido tomar partido en las luchas internas entre Buenos Aires, donde estaba el puerto y la aduana, es decir, el dinero, y los líderes de las provincias. Por eso le negaron el apoyo para que él fuera la espada que cerrara la independencia. Todo el tiempo acusándolo de querer el poder, de querer nombrarse emperador, dictador”.
—Dime de lo que presumes y te diré de qué careces —acota Pere.
—Eso mismo, y desde el principio de los tiempos —reafirma ella.
“Además, su salud no era muy buena, y sí, supongo que estaba un poco harto. Tenían diferencias políticas con Bolívar, por ejemplo, en cómo debía gobernarse una América libre. Él, San Martín, estaba viviendo en su propia persona las miserias de la lucha por el poder: Rivadavia —y quédate con este nombre que lo vas a escuchar más veces— era su enemigo declarado y se había hecho hombre fuerte en Buenos Aires. No sé si sabes que estas cosas pasan, pero a los que nunca han hecho nada más que transar y vivir a costa de otros les molesta mucho la gente que no es como ellos. Y ponen todas sus energías en destruir a ese otro que supongo…”.
—Les muestra lo mierdas que son. Sí, creo que eso me suena —Pere ya estaba entusiasmado—. Pero ¿nadie quiso convencer a tu San Martín para que no se fuera?
—“Mi” San Martín, qué lindo… —dice ella dándole cierto viso de verdad—. Sí, pero nanai de la china. “Bolívar y yo no cabemos en el Perú”, dicen que dijo. Y se fue.
—Oye, que estás muy puesta con las expresiones hispanas, ¿eh? A veces me sorprendes.
—Está bien usada, ¿no? Nanai de la china, o sea, no, ni que hablar.
—Sí, sí. Muy bien —aprueba Pere besándola suavemente en la boca—. Sigue, venga.
“Bueno, entonces se vuelve. Primero va unos meses a Chile, después a Mendoza donde tenía una chacra. Ahí recibe la noticia de que su mujer, Remedios, estaba muy enferma. Entonces pide volver a Buenos Aires. La historia de Remedios te la resumo: quince años tenía cuando se casa con San Martín, de treinta y tres. Tienen una hija: Mercedes. Merceditas. Ya verás su importancia luego. Poquísimo tiempo juntos, pero se querían. San Martín le dice a su amigo O’Higgins: ‘Esa mujer me miró para toda la vida’. Y hoy serían muy modernos: los dos tuvieron amantes. Pareja libre, digamos. Y mira qué tierno lo que hace poner en la lápida, porque al final no llega a verla, ella se muere: ‘Aquí descansa Remedios Escalada, esposa y amiga del Gral. San Martín’. Un amor… Bien, sigamos con lo otro”.
“Por supuesto, por miedo a que San Martín ahora sí tomara partido por los contrarios a Buenos Aires, o simplemente por maldad, quién sabe, le niegan el permiso para volver. Él viaja igual, pero cuando llega su mujer ya está muerta, su hija malcriada por sus abuelos maternos, que lo llaman despreciativamente ‘el andaluz’ y Buenos Aires convertida en una cueva de ladrones, como diría mucho después Mario Benedetti en un poema. ¿Y, qué hace?”.
—Viene a Londres, claro. Y que les den a todos bien dados —Pere ya había tomando partido.
“Exacto. Algo así, digamos que tuvo una parada previa. Imaginate, sale en términos poco alegres de Buenos Aires y llega al puerto de Le Havre, en Francia. Tiene dieciséis paquetes de diarios y revistas en donde se habla de la revolución. El jefe de aduanas recibe una carta además, donde le dicen: ‘Cuidado con este que es antimonárquico’. En Francia hacía muy poco que habían vuelto los reyes. ¿Sabés quiénes?”, pregunta Ali y ante el desconocimiento de Pere le tira en la cara: los Borbones.
—¡Ostias! —dice él—. Claro, que estos están aquí de toda la vida.
“En resumen, los tienen a él y a su hija de siete años sin pasaportes mientras deciden qué hacer con ellos, no presos pero tampoco libres, y a los veinte días todos arriba de otro barco, prohibición de parar en puerto francés y derecho para Southampton. Una paradita en un hotel de allí y luego, ahí lo tienes, 23 de Park Road.
—A la casa de la plaquita azul —remata Pere.
—Eso mismo. Es suficiente por hoy. Está empezando a hacer frío y esta noche tenemos teatro
Se quedan otro rato abrazados mirando las aves, ahora tranquilas sin los niños corretéandolas.
—¿Qué habrán hecho estos durante la pandemia —pregunta Pere sin pensar.
—Disfrutar del parque sin nosotros, joven Holden Caulfield —responde ella.
—Claro —reconoce él componiendo la realidad con varios bloques de universos paralelos.