—Tomar un tren en el centro de
Londres y bajar dos horas y media después en París es una fantasía hecha
realidad que no deja de sorprender —dice Alicia en voz alta, pero como hablando
sola—. Un viaje que se evapora y todo, idioma, moneda, costumbres, comida, el
sentido del tránsito, todo cambia completamente.
Durante el trayecto, Pere habla por
teléfono en los pasillos exteriores casi todo el tiempo. Seguro, el viaje no le
despertaba interés o tenía la cabeza en la obra o se estaba aburriendo brutalmente.
Ya iban diez días y aunque Ali había asumido el riesgo que implicaba sacarlo de
Barcelona con un tema sin resolver, no calculó bien el alcance de su
incomodidad.
“Es grande —piensa para sí misma—.
Si está cansado ya dirá algo”. Y esperó.
Se alojan en un hotel pequeño y
limpio en el Boulevard Saint Denis y sin mucho cansancio por el viaje tan
veloz, salen a recorrer la ciudad.
Buscando un lugar cercano en donde
cenar, se dan cuenta de que a pocos pasos está la puerta de Saint Martín y que,
a partir de ahí, la calle pasa a ser Boulevard Saint Martín.
—No, no es por “mi” San Martín —bromea Ali, chiste que apenas
recibió una mueca de parte de Pere. Había llegado el momento de hablar—. Pere,
¿qué pasa? ¿Hay problemas con la obra? ¿Preferís volver?
Él la mira con ojos oscuros y
brillantes y tarda en responder.
—Es posible que no termine el
viaje contigo. La obra es solo… —lo intenta,
de veras que lo intenta, pero completa la frase con—: Ya podemos empezar a ensayar porque está
todo listo, bueno, no del todo, pero Marc dice que empecemos.
Algo había en su voz o en los oídos
de Alicia que no los puso en posición de festejar. Sería la interrupción del
viaje, serían los nervios y la ansiedad por lo que se venía, sería que algo no
terminaba de cerrar.