“Humanizar el carácter”




El viaje en tren desde la mega estructura de Les Halles a Grand Bourg, otro de los lugares sanmartinianos, es de apenas cuarenta y cinco minutos.
“A pesar de buscar una vida tranquila, el general tuvo que dejar Bruselas. En realidad lo había hecho por unos meses cuando decidió volver a Buenos Aires, pero fue un viaje con mal final: no llegó a desembarcar en la Capital, estuvo seis días en el barco y como había tanto desastre, se fue a Montevideo tres meses y de ahí de vuelta a Europa para esta vez sí, no regresar nunca más“.
Pere parece un cielo con nubes pasajeras que por momentos filtran rayos de sol hasta que una mancha gris lo vuelve callado y ajeno. Ali toma la responsabilidad de armar una red que los contenga siguiendo la historia del Libertador de una América ya muy lejana.
“En Bélgica había estallado la guerra con la que lograrían la independencia del Reino Unido de los Países Bajos. Le ofrecen encabezar las tropas revolucionarias, pero él no vive como propia esa lucha. Era 1831 y tenía cincuenta y tres años. Dejan Bruselas y se instala con su hija en París. El general parecía estar destinado a estar cerca de las estacas rotas que liberan las cadenas. El mundo estaba desdibujándose y volviéndose a delinear con la influencia de las ideas progresistas liberales que compartía San Martín. Ya no era protagonista, OK, pero tampoco indiferente.
”En Francia había terminado la revolución de las barricadas y reinaba Luis Felipe. Parece que las ideas revolucionarias en ningún lado ganan y listo, adiós lo viejo. El primer paso es el más difícil, pero no se acaba ahí. Siempre hay que estar atentos a los rebrotes… Eso no cambia.
”Se van a vivir cerca de la ópera Garnier, en el primer piso del 35 de la rue Saint George, pero al poco tiempo llega la epidemia de cólera a la ciudad y otra vez se mudan a Montmorency, al norte de París. Pero se enferman, primero Mercedes y después él. Ella se cura en un mes, él tarda siete meses en sacarse de encima el cólera que casi lo mata. Durante esa enfermedad, su hija de quince años conoce al médico argentino Mariano Balcarce, que es quien los cuida y con quien termina casada”.
—Pegar pareja durante una pandemia es muy de argentinas parece —interrumpe Pere—, de haberlo sabido no tocaba tu puerta, vecina.
Se habían conocido durante la cuarentena y a fuerza de largas sesiones de películas, cervezas y abulia se habían hecho inseparables.
—Deberíamos volver a hacer pan con masa madre —responde ella.
—Y que vuelva a caerme fatal, sí claro. Ni de coña.
“Sigo”, dice ella y continúa:
“Ya recuperado de la enfermedad, aunque no del todo porque siempre tuvo una mala salud de hierro, como dicen, sus finanzas estaban cada vez peor. El dinero de sueldos atrasados no llegaba e imagino que no es fácil conseguir trabajo de libertador de América. No en Francia, al menos. Pero cuando Mercedes se casa, viaja con su marido al Río de la Plata a poner en orden los asuntos económicos de su padre. Dos años tardan en volver, vaya con la burocracia.
”San Martín por esa época se encuentra con un tal Alejandro Aguado, marqués de las marismas del Guadalquivir, un banquero que algunos dicen que era ex camarada de armas de los tiempos en España y otros que era el empleador de Justo Rufino, su hermano. Por lo que sea, se hacen muy buenos amigos. Tanto es así que fue por él que San Martín se muda a Evry, es decir, a donde estamos llegando ahora mismo”.
Dejan la estación atrás y comienzan a caminar por una calle sin vereda entre paredes de piedra. Ella sigue con el relato:
“Al amigo Aguado lo nombraron alcalde de este lugar y se viene a vivir a la parte que se llama Petit Bourg, que está un poco más para allá. Y San Martín se muda a esta casa que vamos a ver en breve. Durante los años que vive acá, crece el San Martín sensible: se pasa los días leyendo, escribiendo cartas a los amigos, disfrutando a sus nietas, cuidando el jardín y montando su taller de carpintería. Eso sí, no paraba de recibir visitas, todos querían hablar con el Libertador, incluso en las reuniones sociales con músicos, pintores y escritores que le presentaba Aguado”.
Después de cuatrocientos metros de caminata donde solo se ven paredes, piedras y musgo, y con un horizonte que no parece ofrecer nada más, Pere se impacienta.
—Desde luego, si logró tener vida social en medio de este cementerio, es un grande de verdad, ¿eh? —Y agrega—: ¿Esto mejora en algún momento?
Y no, no mejora. El camino hasta la casa de Grand Bourg son solo murallas, hierbas y algún cruce de caminos. Por fin llegan a la casa que es igual, exactamente igual, a la de Buenos Aires, pero con una pared alta que impide el paso y una puerta de hierro con muchas chapas conmemorativas rodeándola.
—Vaya menudo viaje que nos estamos pegando —resopla él—. Puertas cerradas en el culo del mundo con placas más o menos cuidadas a los lados. Joder…
¿Qué podía decir? Algo no estaba saliendo como lo había planeado.
—Bueno, volvamos a París y vamos a cenar a algún lugar bonito —dice ella en tono de disculpa.
—¿Pato? —acepta él. Y después de una última mirada, vuelven sin más por entre los mismos muros por los que habían llegado.
“¿Sabes? —dice ella en el viaje de vuelta—, San Martín nunca deja de pensar en América. Siempre cree que puede volver. Con sesenta años, cuando los franceses e ingleses bloquearon el puerto de Buenos Aires, él le ofrece a Rosas volver para luchar esa batalla. Rosas le dice que no, pero le ofrece un puesto político. Lo rechaza, claro. No es eso lo que busca.
”Quizás, no es este viaje el que solo choca con puertas cerradas”, responde con retraso a la queja de Pere. “Quizás, es que las puertas un día se cierran y solo queda mirar lo que queda de cada lado. Hay que tratar de quedarse del lado donde está lo vivo, ¿no?”.
Pere tarda en responder. Por fin responde con otra pregunta:
—¿Qué lo habrá enamorado tanto de esas tierras locas y salvajes? ¿Cuánto años pasó allí?
—Doce años luchando más los seis del principio.
—Dieciocho años de América en un hombre que vivió ¿cuánto?
—Setenta y dos años —informa Alicia y volviéndolo cotidiano agrega—: Ya lo sabrás vos, tres años juntos ya, aunque los dos meses de encierro por la cuarentena cuentan como años, así que digamos que son cinco. ¿No te parecen suficientes para saber que es el amor eterno?
Pere se pone un poco incómodo y elige responder con un mohín antes que con palabras. Ella imagina que está molesto por ese viaje un poco absurdo y prefiere no presentar batalla.