Llegan cansados al hotel después de
dar un recorrido por el Barrio Latino, los Jardines de Luxemburgo y el Marais.
Mientras Pere entra a la ducha, Ali espera su turno acostada junto a la ropa
sucia que él deja sobre la cama. Desde el bolsillo del pantalón su teléfono no
deja de vibrar. Esta en silencio, pero todo el entorno se sacude al compás de
ese zumbido insoportable. Sin pensarlo, lo saca y mira la pantalla. Seis
llamadas perdidas, quince mensajes de wasap y dos mensajes de texto. Todos de
Blanca. El teléfono está bloqueado así que no puede curiosear.
A los pocos minutos, Pere sale del
baño y ella, sentada en el borde de la cama, le avisa despreocupada: “Blanca te
busca desesperadamente”. Él palidece y en sus ojos estalla lo irremediable.
Ella lo ve, presiente la onda expansiva.
—¿Hay algo que debería saber?—pregunta ahora con temor,
casi sin abrir la boca—. ¿Qué le urge a
Blanca contigo?
—Blanca es…
mi mujer —el impacto la tira para atrás—. Bueno,
mi exmujer —aclara.
La asalta una ola de calor, como si
la temperatura de la habitación hubiera alcanzado los quinientos grados.
—Es decir, es mi ex… ex, sí, y ahora es la otra
protagonista de la obra… Nos reencontramos hace unos meses, y…
La sordera. Las palabras tienen
filo y un chirrido de metal que le impide comprenderlas.
Pere descarga todo lo que tenía
atragantado. Toda su historia con ella: que habían vivido seis años juntos, que
eran jóvenes y la pasaban muy bien, que ella quedó embarazada…
—¡Wow! —suelta Alicia dando un salto con los brazos hacia adelante como si
quisiera detener una pared que se le viene encima—. ¿Tienen hijos?
—¡Qué dices! No… No.
Cómo voy a… Ella quedó embarazada, yo no quería
que lo tuviera, pero dijo que lo tendría igual,
con mi apoyo o sin él. Entonces hasta me hice a la
idea, me pareció que tal vez... pero luego lo perdió y… todo empezó a andar mal desde ese
momento… y lo dejamos.
—¿Cuándo? —quiso saber ella.
Un año antes de que nos
conociéramos tú y yo.
Y de pronto, como si las piezas se
acomodaran, entendió que ese no era el problema.
—Y ahora… —intenta formular la
pregunta para que no le duela tanto—, ¿volviste
con ella?
Pere duda en responder. La mira con
ojos brillantes y hace un pequeño no con la cabeza. “Fue solo una vez”, aclara.
—¿Una vez? ¿Una vez? Y… ¿para qué
mierda me lo contás? ¿Me vas a dejar?
Silencio. Cada uno sacudido por su
propia respiración espera del movimiento del otro.
—No es eso…
—¿Y qué es? No entiendo, de verdad… —Hace una pausa y continúa—:
Dijiste “mi mujer”... O sea, “tu mujer” y casi tienen un hijo, ¡cómo voy a competir
contra eso!
—No es una competencia, Ali… De verdad, vuelvo por la
obra… Pero tenía que decirte quién es
ella y que va a estar ahí...
—Bueno, es un poco más que estar ahí, ¿no? —Y si iba a haber estocada final, que sea pronto—. ¿La
querés?
—No… es decir… Fueron muchos años, tú sabes… No sé...
—¿Qué mierda de respuesta es
esa? ¿Y a mí? ¿Me querés a mí?
—Sí —responde él con voz opaca.
—Ah, qué hijo de puta… Perfecto, un sí amargo contra un no
sé… Si vas a dejarme por lo menos ponele un poco de ganas a la cosa...
Y manoteando su abrigo, se va de la
habitación echándole una mirada rota. Él no puede ni seguirla, está paralizado,
desnudo, sin fuerzas.
Después de
tres horas sin saber a quién llamar ni a dónde ir a buscarla, recibe un llamado
de la recepción. “Es mejor que venga. No creo que pueda subir sola las
escaleras y yo no puedo dejar el bar”, le dice en español el empleado del
hotel. Sonaba molesto.
Por la mirada del camarero, ella
debe de haberle dejado sobre el mostrador toda su furia a cambio del alcohol
que le sirvió. Y había sido mucho. Con firmeza la sujeta por la cintura y
después de un largo viaje lleno de flaquezas, la acuesta en la cama casi
dormida.
Abre el frigobar y se lleva todas
las pequeñas botellas a la cama. No alcanzan para embriagarlo, pero ojalá sean suficientes
para insensibilizarlo. No lo son.
—Tienes razón, no sé por qué te lo he contado… Mira cómo
te has puesto… —dice
él en voz alta en la oscuridad del cuarto,
ella parece dormida—. Hubiera sido mejor que te
metieras conmigo, que me montaras un pollo... pero acabaste haciéndote daño tú.
—Vos sos el que me haces daño. Vos —responde
ella sin mirarlo.
Cuando Ali abre los ojos, en ese
segundo mágico en que la realidad se reduce a lo que perciben los sentidos,
pero con la ausencia de la historia, lo ve de pie junto a la cama con una
pastilla y un vaso de agua en la mano.
—Para la resaca —le dice—. No
vas a poder levantarte si no la tomas.
—Gracias —responde con tono
cotidiano y lo induce a que baje solo a
desayunar mientras ella trata de reaccionar en la ducha.
Después de cuarenta minutos, se
sienta frente a él en la mesa. El camarero, el mismo de la noche anterior, se
acerca solícito sin que lo llame a servirle un café bien oscuro mientras le
sonríe. Pere aprovecha para pedirle otro para él, a lo que el muchacho le
responde: “Hay tazas limpias en la mesa grande. Sírvase usted mismo”.
—Desde luego… —dice Pere—,
ayer le debes de haber hablado mucho de mí a tu amigo.
Ella los recorre a ambos con la
misma sonrisa. El chico los deja solos.
—Bueno, acá se acaba nuestro viaje. Yo sigo sola y tú vuelves a… Barcelona.
Él asiente con la cabeza y agrega
un “sí” suave para reafirmar.
—Voy a… antes quiero… o sea… —las
palabras no le salían como ella había ensayado—. Debo ser la persona más fácil
de dejar de este mundo —suelta al fin.
—No digas eso. No te
estoy dejando —responde él, encontrando al fin un rol
fácil en esa historia. Pero ella no da esos regalos, nunca.
—No importa. —Corrige—: Sí, importa, pero eso no es de
lo que quiero hablar. Voy a decirte algunas cosas, como me salen, pero son
cosas que debo… que quiero decirte. ¿Sí?
—Adelante, dime.
—¿Volvés por ella?
—No, ya te lo he dicho, es por la obra. Créeme.
—Sigo sin entender por qué me lo contaste.
—¿Prefieres que te mienta? —se está poniendo magnánimo.
—Hubiera preferido no tener que pasar la previa. “Me voy
por la obra, pero, mira, te he metido un poco los cuernos”. Vamos, Pere… En
este momento no se si debo empezar el duelo, la reconquista o la venganza… No
puedo decidirlo ahora.
Él se la queda mirando, espera que siga hablando, pero
ella no agrega nada más.
—A veces eres tan impredecible que me trastornas —dice
él.
—Sí, claro. Te arrastro a Londres y París para distraer
tu ansiedad y pasar un tiempo juntos antes de la vorágine. ¡Qué cosas locas
hago! ¿O es porque no digo si us plau que
estás dudando? —Y pensando un momento, agrega—: O tal vez sí sea eso, ¿no? Ya
es tiempo de que vuelvas a tu aldea… siempre me pregunté por qué estás conmigo…
si la que necesita ser extranjera soy yo, no vos…
—Yo no he dicho eso, para, por favor. Sabes que la
ansiedad de empezar una obra me vuelve un poco...
—Egoísta —dice Alicia con una seguridad tan profunda que
no deja margen de error.
Esa misma tarde, ella baja al bar
para no verlo hacer la valija. Todavía le quedan unos días en París antes de ir
a la última parada: Boulogne-sur-mer. Lo ve bajar por la escalera desde su
silla en la barra. Llega el momento de despedirse. Se paran uno frente al otro,
bajo la estricta mirada del camarero.
—Nos vemos en unos días —ayuda
él, y se acerca para darle un beso en la
mejilla, pero se arrepiente y termina en su boca. El camarero alza las cejas y mueve de un lado al otro la cabeza