“Indulgencia hacia todas las religiones”



—¿Y la niña? ¿Qué hizo tu general con su hija? —pregunta Pere sentado en un banco junto a la Torre de Londres la tarde siguiente.
—En un internado, claro —responde Ali levantando un poco su gorra para disfrutar del sol tibio. Estaba haciendo un tiempo excepcional para esa época del año, con cielos despejados y clima templado—. Es que era masón de los de antes, de esos que les preocupaba el progreso y el desarrollo y él mismo había tenido una buena educación. Hablaba fluído como el español el inglés, el francés y el italiano. No iba a darle menos a su hija.
—¿Masón? ¿Qué es eso?
—Ay, guapo, que poco mundo tienes —lo fustiga ella, solamente porque le dio pereza explicarle algo de lo que realmente sabía poco.
Y lo consigue. Dejan el tema que, sorpresivamente, vuelven a tocar durante la cena con Alex y Amy.
—Ali, cuéntale a Amy de the liberator —empuja Pere ante la cara de asombro de los demás. Ali se niega por lo que él tiene que explicar la idea general.
Había sido un buen escucha, porque contando el destino de su viaje y con lo que había aprendido hasta el momento, logró despertar el interés de Amy.
—Las logias, sí —comenta Amy—, son un tema interesante. O intrigante. Las logias actuales no son como las de entonces… ¿En qué años dices que fue todo esto?
—Principios de 1800 —responde Ali.
—Claro, en esa época estaban dirigidas por los ideales que se hicieron famosos con la Revolución francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Ahora son un grupo de carcamanes, poderosos eso sí, pero carcamanes, que perdieron las plumas de su ala progresista hace muchísimo tiempo.
—Por lo que sé, las logias de Inglaterra, Escocia e Irlanda son las más antiguas de entre las que existen hoy en día.
—Sí, el duque de York, primo de la reina, es el gran maestre de la orden de Inglaterra… Pero, ahora ya no son progresistas, las de aquella época sí que son interesantes, cuéntame lo que has averiguado.
De a poco, Alex y Pere se hacen a un lado para hablar con efervescencia sobre teatro. Compartir una pasión con otro es, lejos, el mejor viaje.
“Bueno —comienza Ali—, San Martín las conoció siendo militar en España. Combatía para un rey absolutista, pero su ideario empezó a ir por otro lado. Conoció a James Duff en Cádiz, un escocés, conde de Fife, que llegó a ser gran maestre de la Logia de Escocia. Fue un hombre decisivo en muchas de las acciones libertarias”.
”En 1811, un San Martín de treinta y un años renuncia al ejército español y se viene a Londres. Durante los cuatro meses que estuvo aquí participó de muchas reuniones con Andrés Bello, Alvear y otros, todos masones y americanistas. Dicen que es Duff quien paga el viaje de los ’hermanos’ de vuelta al Río de Plata en una fragata que se llamaba George Canning.
”Por ese halo misterioso o excluyente que tienen los masones, por esa cosa de secta y de ‘anti iglesia’ siempre fueron mal mirados. Como un desprestigio, se le pone el mote de masón a San Martín, además del de responder a los intereses ingleses, claro”.
—Pero tú no piensas eso —la impulsa Amy.
“Yo pensaba que eso estaba mal, sí, pero sin saber por qué lo estaba. Tomé esa connotación negativa sin haberme detenido a pensar lo suficiente. Tal vez eso me hubiera alcanzado si no fuera porque… no sé, a veces dudar y querer saber más no es una opción, de pronto aparece la sospecha y en nada se hace urgencia”.
Amy sonríe sin agregar ni una palabra. Llena las copas de vino y pregunta qué más había averiguado de esas logias.
“No mucho. Solo que eran instituciones de origen burgués, pero del burgués ‘antiguo’, ese que surge como oposición a lo monárquico. Atravesaban lo político, lo cívico, lo religioso, lo intelectual y lo humanitario. Con todo eso hacen un cóctel ético que buscaba formar hombres responsables y libres, apoyados en la libertad, la razón, la tolerancia, también la moderación y la idea del bien común como motivación esencial.
”Perfecto, ¿no? ¡Casi compro esa opción! Pero eso era en 1800, había mucho terreno virgen aún en dónde poder luchar y soñar. Ahora ya...”.
—Ya no quedan —dice Amy con un poco de melancolía etílica.
—No, ahora ya nadie goza de cándidas esperanzas. La pandemia terminó con las últimas que quedaban en pie….
—¡Salud! —irrumpe la inglesa que ya estaba con las mejillas bien rojas por el alcohol.
—Cariño —dice Ali a Pere—, no vamos a Bruselas. Nos quedamos aquí un par de días más. ¿De acuerdo?

Pere levanta su copa desde el sillón en el que estaba fumando con Alex y responde un “olé”, muy poco típico de él.
—¿Qué vas a hacer, tío? —pregunta Alex mirándola a ella y sin cambiar la cara de alegría.
—Y yo qué sé… yo qué sé…