El tren llega a la estación de
Boulogne-sur-mer de noche y tiene que caminar hasta el hotel debajo de una
lluvia débil. Compra un sándwich en un bar cercano y va directo a su habitacion
doble a medias vacía a darse una ducha para sacarse el frío y luego sentarse a
comer mirando por la ventana. La vista es abierta, pero solo se ven paredes y
ventanas cerradas.
“Bueno, noche, frío, lluvia, un
bocata miserable, sola, lejos, un pueblo sin gracia, sin entender el idioma…
Sola… otra vez, sí... Soy la mejor organizando vacaciones”. Deja el sándwich a
la mitad sobre la mesita de noche y se mete en el baño para secarse el pelo.
Que el secador no tenga potencia no es motivo para ponerse a llorar de esa
manera.
Después de descargar un poco, se
mete en la cama con el portátil y empieza a preparar la visita del día
siguiente. Buscar la dirección exacta de la última casa de San Martín, aprender
cómo llegar —estaba solo a dos calles—, conocer los horarios, enterarse de que está
cerrada por obras... “Cerrada por obras”. Desde la semana anterior. Cerrada.
¿Por qué no había visto ese dato?
—¡Bueno! —dice en voz alta a nadie—,
por lo menos esta puerta cerrada no la tuviste que conocer, Pere.
Y esta vez sí, llora hasta quedarse
dormida.
A la mañana siguiente, mientras
desayuna, nota que el gran edificio que está del otro lado del estacionamiento
al que da el hotel es el correo. Termina el desayuno y sube a la habitación
para revisar si todavía e inexplicablemente ese alojamiento deja papel,
lapicera y sobre a sus pasajeros. Afortunadamente los encuentra dentro de una
carpeta en el cajón del pequeño escritorio, así que los carga en su mochila y
sale a ver la última puerta de ese viaje.
Es un pueblo que le queda grande a
los pocos habitantes que lo caminan, lleno de negocios cerrados y sucios con
carteles de à louer (se alquila) y un
silencio de madrugada aunque son las once de la mañana. Después de detenerse
frente a la fachada en donde una bandera celeste y blanca juguetea con la
francesa, sube hasta la ciudad vieja amurallada por donde los “boulognesurmerses”
pasean a sus perros o hacen ejercicio. Luego, baja por pequeñas calles casi
desiertas hasta el mar. Pasa el puerto y llega a la estatua del Libertador,
justo sobre una playa de carpas de maderas blancas y celestes. Se sienta en una
parte reparada de la brisa fresca, saca papel y lapicera y se pone a escribir.