Mientras se preparan para salir, en
el teléfono de Pere entran cuatro, cinco, seis mensajes. No contesta ninguno. No
era raro que llegaran ráfagas de mensajes, pero sí que no respondiera.
—¿Quién es? —quiere saber Alicia—, ¿Marc?
—Sí, o mejor dicho, no.
—¿No?
—Sí, pero no es nada. Es para
decirme que no sabe nada todavía.
—Qué perseverancia en el no tiene ese hombre.
—Ya sabes —cierra pronto la conversación mientras entra a ducharse.
Se mete en el baño con el celular y
desde afuera se escucha que los mensajes siguen activos. Cuando sale, Ali, ya
lista y sentada en la cama, marca un número desde su teléfono mirándolo fijo.
—¿Hola, Marc? Soy Alicia… Sí, todavía en el hotel, ya salimos… Muy bien, gracias…
Te quería pedir un favor… Sí, está aquí a mi lado… Bueno, ya me dijo que le has
dicho que por ahora no hay noticias… Sí, sí… muy ansiosos, claro… ¿El miércoles?
Ah, qué bien, estupendo. No me dijo nada… ¿No
se lo habías dicho? Bueno, ya se lo digo yo, descuida... Sí, sí… El favor entonces está más claro. Pero espera que pongo
el altavoz: ¡listo!
Pere y Marc se saludan, un poco
condicionados por la circunstancia. Alicia sigue:
—Entonces, como hasta el
miércoles no va a haber novedades, hasta el miércoles no se llamen, ni envíen
mensajes, ni wasap, ni nada, ¿puede ser? Son solo tres días, porfa.
—Claro —dice un poco frío Marc—, no os preocupeis. Solo me contacto si hay novedades, si no, nada, calladito
como muerto.
—Gracias —responde Pere—. Hasta el
miércoles. Adeu.
—¿Ves? Así se hace. Tres días
Pere, desconectá tres putos días, ¿sí?
—Vale, vale. Y vamos, que se
hace tarde.
Salen juntos, pero al llegar abajo
él vuelve a subir para buscar más abrigo. “Tengo que cuidar la garganta”, dice
y se queda en el ascensor, que cierra las puertas dejándola a ella en planta
baja.
Entre subida y bajada envía dos
mensajes. Uno a Marc diciendo “Gracias. Ya te explicaré”, por el que recibe un
“cabronazo” como respuesta, y un audio al autor de los verdaderos mensajes.
“Blanca, perdona que no pude contestarte. Hay muy mala señal en el hotel.
Mañana por la tarde te llamo y hablamos tranquilos. Adeu”. La respuesta a este
fue el dibujo de una mujer encogiendo los hombros. Nada más.
Mientras esperan en la puerta del
teatro un hombre se acerca a Pere y lo saluda, pero a una distancia prudencial,
esas maneras que dejó la pandemia.
—Hey, Alex —responde Pere—. ¡Qué casualidad! ¿Qué haces tú aquí?
—Vivo aquí, ¿no te acuerdas? —aclara el tal Alex, en un catalán bastante menos comprensible que el de Pere.
—¡Es verdad! Hace mucho ya y todavía sigues aquí, qué bien.
Alicia observa el reencuentro con
una sonrisa en la cara.
—Perdona —dice Pere—. Ella es…
—Blanca, ¿no? —pregunta Alex
superponiéndose con el “Alicia”.
Se hace un raro silencio que
hábilmente Pere sabe superar.
—No, Alicia, Ali, mi chica —y tras
las sonrisas de rigor entre los presentados, continúa— Tú te refieres a Blanca, mi compañera en la obra esa que tuvimos que
posponer, ¿te acuerdas? —y sin opción a respuesta, sigue hablando—: ¿Y qué
haces aquí?
Alex les cuenta como un torrente
que trabajaba en la universidad dando cursos de actuación, que ahí había
conocido a su mujer, Amy, que ella era historiadora, que vivían en Hammersmith
sobre el río, que de casualidad se había desviado del camino a casa porque
tenía que llevar unos papeles a alguien y bastantes cosas más. Se le nota
entusiasmado de poder hablar en su lengua, pocas oportunidades tenía en
Londres. Siguen hablando de obras para ver, recomendaciones de paseos, mezclado
con recuerdos de sus andanzas por Barcelona y preguntas sobre conocidos en
común hasta que llega la hora de entrar. Alex definitivamente quería seguir
hablando, por eso los invita a cenar a su casa la noche siguiente.
—Qué raro que me llamara
Blanca, ¿no? —pregunta Ali con una sorpresa desleída—. No me parezco a ella…
—Bah, no le hagas caso, fue el
nombre que se le ocurrió.