“Amor por la patria y por la libertad”




Realmente les ha tocado un tiempo extraordinario. Caminan hacia la salida después de haber visitado la Tate Gallery, cuando Alicia pregunta:
—¿Querés saber por qué no vamos a Bruselas?
—¿Porque ya te has aburrido y prefieres pasear a orillas del Sena comiendo croissant?
—No, no es por eso. —Ya empieza a notar cierto mal humor en Pere, pero no iba a decir nada. Ya se lo diría él mismo cuando llegara el momento—. Porque no hay mucho para ver en Bruselas.
—Naturalmente, no como aquí que no paramos de visitar sitios de the liberator —la interrumpe irónico.
—No, quiero decir que en Bruselas empezó su vida tranquila, ya tenía cuarenta y seis años y poco por hacer más que leer, pasear, cuidar el jardín. Se fue a Bélgica porque era más barato que Londres, solo por eso.
—Bueno, esas costumbres parece que se mantienen: ¿20 libras una bufanda? —se habían detenido en la tienda de souvenirs.
El teléfono de Pere vuelve a sonar. Le hace un gesto, toma la llamada y sale al hall.
—Era Alex, nos invita a tomar el té esta tarde. Le dije que sí.
Apenas llegan, la mesa ya está lista con el té, galletas de manteca y una pequeña recopilación de datos que había preparado Amy sobre las logias del siglo XIX.
“Por lo que pude averiguar —dice Amy—, San Martín tuvo bastantes favores de los masones, especialmente de su amigo Duff. Pasó en Escocia unos días, invitado por él, en su casa castillo de la ciudad de Banff. Muy poco tiempo, pero alcanzó para que lo nombraran ciudadano ilustre y cofrade de las hermandades. Luego regresa a Londres y, a los pocos meses, se va a vivir a Bélgica. Ahí también tuvo un buen recibimiento de la logia, hasta acuñaron una medalla con su perfil”.
—Se fue de aquí porque es imposible vivir en Londres, antes y ahora, ya entonces tenían unos precios de miedo —acota Pere con gracia.
—Sí, por eso y porque no lo recibieron en París, representaba un peligro para todos este hombre —completa Ali.
“Bastantes años la pasó mal con el dinero —continúa Alicia—. Desde América no le giraban los sueldos prometidos y en algunos momentos necesitó ayuda de los amigos. Vivió en una pequeña casa de campo, en las afueras de Bruselas, pero viajaba seguido a Londres en donde se reunía con otros americanos. Siempre buscando que Inglaterra reconociera a los nuevos estados independientes.
”En Bruselas vive seis años, primero con su hermano, Justo Rufino, que se había jubilado del ejército español, es decir, los hermanos combatieron en ejércitos enfrentados, y luego con su hija Mercedes. Ahí fue en donde escribió las famosas máximas para su hija. Uf... en el colegio nos las hacen aprender de memoria. Son consejos para la educación de la niña, que en ese entonces tenía ocho años. Le habla de amor, respeto y cuidadas actitudes personales”.
—“Que hable poco y lo preciso” —recuerda en español–. Es un poco machirulo ahora, pero absolutamente necesario en términos generales.
Después de traducir, con la difícil tarea de explicar el significado de “machirulo”, prosigue:
—Durante todos esos años, él siempre estuvo atento a las noticias del sur, esperando que las luchas internas terminaran.
—La historia es una puta lucha por repartirse el trozo más grande del pastel —sentencia Alex y continúan con el té con, otros temas acompañando de fondo.

Capítulo 5 - París


Gard du Nord


—Tomar un tren en el centro de Londres y bajar dos horas y media después en París es una fantasía hecha realidad que no deja de sorprender —dice Alicia en voz alta, pero como hablando sola—. Un viaje que se evapora y todo, idioma, moneda, costumbres, comida, el sentido del tránsito, todo cambia completamente.
Durante el trayecto, Pere habla por teléfono en los pasillos exteriores casi todo el tiempo. Seguro, el viaje no le despertaba interés o tenía la cabeza en la obra o se estaba aburriendo brutalmente. Ya iban diez días y aunque Ali había asumido el riesgo que implicaba sacarlo de Barcelona con un tema sin resolver, no calculó bien el alcance de su incomodidad.
“Es grande —piensa para sí misma—. Si está cansado ya dirá algo”. Y esperó.
Se alojan en un hotel pequeño y limpio en el Boulevard Saint Denis y sin mucho cansancio por el viaje tan veloz, salen a recorrer la ciudad.
Buscando un lugar cercano en donde cenar, se dan cuenta de que a pocos pasos está la puerta de Saint Martín y que, a partir de ahí, la calle pasa a ser Boulevard Saint Martín.
—No, no es por “mi” San Martín —bromea Ali, chiste que apenas recibió una mueca de parte de Pere. Había llegado el momento de hablar—. Pere, ¿qué pasa? ¿Hay problemas con la obra? ¿Preferís volver?

Él la mira con ojos oscuros y brillantes y tarda en responder.
—Es posible que no termine el viaje contigo. La obra es solo… —lo intenta, de veras que lo intenta, pero completa la frase con—: Ya podemos empezar a ensayar porque está todo listo, bueno, no del todo, pero Marc dice que empecemos.
Algo había en su voz o en los oídos de Alicia que no los puso en posición de festejar. Sería la interrupción del viaje, serían los nervios y la ansiedad por lo que se venía, sería que algo no terminaba de cerrar.

“Humanizar el carácter”




El viaje en tren desde la mega estructura de Les Halles a Grand Bourg, otro de los lugares sanmartinianos, es de apenas cuarenta y cinco minutos.
“A pesar de buscar una vida tranquila, el general tuvo que dejar Bruselas. En realidad lo había hecho por unos meses cuando decidió volver a Buenos Aires, pero fue un viaje con mal final: no llegó a desembarcar en la Capital, estuvo seis días en el barco y como había tanto desastre, se fue a Montevideo tres meses y de ahí de vuelta a Europa para esta vez sí, no regresar nunca más“.
Pere parece un cielo con nubes pasajeras que por momentos filtran rayos de sol hasta que una mancha gris lo vuelve callado y ajeno. Ali toma la responsabilidad de armar una red que los contenga siguiendo la historia del Libertador de una América ya muy lejana.
“En Bélgica había estallado la guerra con la que lograrían la independencia del Reino Unido de los Países Bajos. Le ofrecen encabezar las tropas revolucionarias, pero él no vive como propia esa lucha. Era 1831 y tenía cincuenta y tres años. Dejan Bruselas y se instala con su hija en París. El general parecía estar destinado a estar cerca de las estacas rotas que liberan las cadenas. El mundo estaba desdibujándose y volviéndose a delinear con la influencia de las ideas progresistas liberales que compartía San Martín. Ya no era protagonista, OK, pero tampoco indiferente.
”En Francia había terminado la revolución de las barricadas y reinaba Luis Felipe. Parece que las ideas revolucionarias en ningún lado ganan y listo, adiós lo viejo. El primer paso es el más difícil, pero no se acaba ahí. Siempre hay que estar atentos a los rebrotes… Eso no cambia.
”Se van a vivir cerca de la ópera Garnier, en el primer piso del 35 de la rue Saint George, pero al poco tiempo llega la epidemia de cólera a la ciudad y otra vez se mudan a Montmorency, al norte de París. Pero se enferman, primero Mercedes y después él. Ella se cura en un mes, él tarda siete meses en sacarse de encima el cólera que casi lo mata. Durante esa enfermedad, su hija de quince años conoce al médico argentino Mariano Balcarce, que es quien los cuida y con quien termina casada”.
—Pegar pareja durante una pandemia es muy de argentinas parece —interrumpe Pere—, de haberlo sabido no tocaba tu puerta, vecina.
Se habían conocido durante la cuarentena y a fuerza de largas sesiones de películas, cervezas y abulia se habían hecho inseparables.
—Deberíamos volver a hacer pan con masa madre —responde ella.
—Y que vuelva a caerme fatal, sí claro. Ni de coña.
“Sigo”, dice ella y continúa:
“Ya recuperado de la enfermedad, aunque no del todo porque siempre tuvo una mala salud de hierro, como dicen, sus finanzas estaban cada vez peor. El dinero de sueldos atrasados no llegaba e imagino que no es fácil conseguir trabajo de libertador de América. No en Francia, al menos. Pero cuando Mercedes se casa, viaja con su marido al Río de la Plata a poner en orden los asuntos económicos de su padre. Dos años tardan en volver, vaya con la burocracia.
”San Martín por esa época se encuentra con un tal Alejandro Aguado, marqués de las marismas del Guadalquivir, un banquero que algunos dicen que era ex camarada de armas de los tiempos en España y otros que era el empleador de Justo Rufino, su hermano. Por lo que sea, se hacen muy buenos amigos. Tanto es así que fue por él que San Martín se muda a Evry, es decir, a donde estamos llegando ahora mismo”.
Dejan la estación atrás y comienzan a caminar por una calle sin vereda entre paredes de piedra. Ella sigue con el relato:
“Al amigo Aguado lo nombraron alcalde de este lugar y se viene a vivir a la parte que se llama Petit Bourg, que está un poco más para allá. Y San Martín se muda a esta casa que vamos a ver en breve. Durante los años que vive acá, crece el San Martín sensible: se pasa los días leyendo, escribiendo cartas a los amigos, disfrutando a sus nietas, cuidando el jardín y montando su taller de carpintería. Eso sí, no paraba de recibir visitas, todos querían hablar con el Libertador, incluso en las reuniones sociales con músicos, pintores y escritores que le presentaba Aguado”.
Después de cuatrocientos metros de caminata donde solo se ven paredes, piedras y musgo, y con un horizonte que no parece ofrecer nada más, Pere se impacienta.
—Desde luego, si logró tener vida social en medio de este cementerio, es un grande de verdad, ¿eh? —Y agrega—: ¿Esto mejora en algún momento?
Y no, no mejora. El camino hasta la casa de Grand Bourg son solo murallas, hierbas y algún cruce de caminos. Por fin llegan a la casa que es igual, exactamente igual, a la de Buenos Aires, pero con una pared alta que impide el paso y una puerta de hierro con muchas chapas conmemorativas rodeándola.
—Vaya menudo viaje que nos estamos pegando —resopla él—. Puertas cerradas en el culo del mundo con placas más o menos cuidadas a los lados. Joder…
¿Qué podía decir? Algo no estaba saliendo como lo había planeado.
—Bueno, volvamos a París y vamos a cenar a algún lugar bonito —dice ella en tono de disculpa.
—¿Pato? —acepta él. Y después de una última mirada, vuelven sin más por entre los mismos muros por los que habían llegado.
“¿Sabes? —dice ella en el viaje de vuelta—, San Martín nunca deja de pensar en América. Siempre cree que puede volver. Con sesenta años, cuando los franceses e ingleses bloquearon el puerto de Buenos Aires, él le ofrece a Rosas volver para luchar esa batalla. Rosas le dice que no, pero le ofrece un puesto político. Lo rechaza, claro. No es eso lo que busca.
”Quizás, no es este viaje el que solo choca con puertas cerradas”, responde con retraso a la queja de Pere. “Quizás, es que las puertas un día se cierran y solo queda mirar lo que queda de cada lado. Hay que tratar de quedarse del lado donde está lo vivo, ¿no?”.
Pere tarda en responder. Por fin responde con otra pregunta:
—¿Qué lo habrá enamorado tanto de esas tierras locas y salvajes? ¿Cuánto años pasó allí?
—Doce años luchando más los seis del principio.
—Dieciocho años de América en un hombre que vivió ¿cuánto?
—Setenta y dos años —informa Alicia y volviéndolo cotidiano agrega—: Ya lo sabrás vos, tres años juntos ya, aunque los dos meses de encierro por la cuarentena cuentan como años, así que digamos que son cinco. ¿No te parecen suficientes para saber que es el amor eterno?
Pere se pone un poco incómodo y elige responder con un mohín antes que con palabras. Ella imagina que está molesto por ese viaje un poco absurdo y prefiere no presentar batalla.

La realidad




Llegan cansados al hotel después de dar un recorrido por el Barrio Latino, los Jardines de Luxemburgo y el Marais. Mientras Pere entra a la ducha, Ali espera su turno acostada junto a la ropa sucia que él deja sobre la cama. Desde el bolsillo del pantalón su teléfono no deja de vibrar. Esta en silencio, pero todo el entorno se sacude al compás de ese zumbido insoportable. Sin pensarlo, lo saca y mira la pantalla. Seis llamadas perdidas, quince mensajes de wasap y dos mensajes de texto. Todos de Blanca. El teléfono está bloqueado así que no puede curiosear.
A los pocos minutos, Pere sale del baño y ella, sentada en el borde de la cama, le avisa despreocupada: “Blanca te busca desesperadamente”. Él palidece y en sus ojos estalla lo irremediable. Ella lo ve, presiente la onda expansiva.
—¿Hay algo que debería saber?—pregunta ahora con temor, casi sin abrir la boca—. ¿Qué le urge a Blanca contigo?
—Blanca es… mi mujer —el impacto la tira para atrás—. Bueno, mi exmujer —aclara.
La asalta una ola de calor, como si la temperatura de la habitación hubiera alcanzado los quinientos grados.
—Es decir, es mi exex, sí, y ahora es la otra protagonista de la obra… Nos reencontramos hace unos meses, y…
La sordera. Las palabras tienen filo y un chirrido de metal que le impide comprenderlas.
Pere descarga todo lo que tenía atragantado. Toda su historia con ella: que habían vivido seis años juntos, que eran jóvenes y la pasaban muy bien, que ella quedó embarazada…
—¡Wow! —suelta Alicia dando un salto con los brazos hacia adelante como si quisiera detener una pared que se le viene encima—. ¿Tienen hijos?
—¡Qué dices! No… No. Cómo voy a… Ella quedó embarazada, yo no quería que lo tuviera, pero dijo que lo tendría igual, con mi apoyo o sin él. Entonces hasta me hice a la idea, me pareció que tal vez... pero luego lo perdió y… todo empezó a andar mal desde ese momento… y lo dejamos.
—¿Cuándo? —quiso saber ella.
Un año antes de que nos conociéramos tú y yo.
Y de pronto, como si las piezas se acomodaran, entendió que ese no era el problema.
—Y ahora… —intenta formular la pregunta para que no le duela tanto—, ¿volviste con ella?
Pere duda en responder. La mira con ojos brillantes y hace un pequeño no con la cabeza. “Fue solo una vez”, aclara.
—¿Una vez? ¿Una vez? Y… ¿para qué mierda me lo contás? ¿Me vas a dejar?
Silencio. Cada uno sacudido por su propia respiración espera del movimiento del otro.
—No es eso…
—¿Y qué es? No entiendo, de verdad… —Hace una pausa y continúa—: Dijiste “mi mujer”... O sea, “tu mujer” y casi tienen un hijo, ¡cómo voy a competir contra eso!
—No es una competencia, AliDe verdad, vuelvo por la obra Pero tenía que decirte quién es ella y que va a estar ahí...
—Bueno, es un poco más que estar ahí, ¿no? —Y si iba a haber estocada final, que sea pronto—. ¿La querés?
—No… es decir… Fueron muchos años, tú sabes… No sé...
—¿Qué mierda de respuesta es esa? ¿Y a mí? ¿Me querés a mí?
—Sí —responde él con voz opaca.
—Ah, qué hijo de puta… Perfecto, un sí amargo contra un no sé… Si vas a dejarme por lo menos ponele un poco de ganas a la cosa...
Y manoteando su abrigo, se va de la habitación echándole una mirada rota. Él no puede ni seguirla, está paralizado, desnudo, sin fuerzas.
Después de tres horas sin saber a quién llamar ni a dónde ir a buscarla, recibe un llamado de la recepción. “Es mejor que venga. No creo que pueda subir sola las escaleras y yo no puedo dejar el bar”, le dice en español el empleado del hotel. Sonaba molesto.
—Soy un gilipollas —se dice a sí mismo. Toma las llaves de la habitación y baja a buscarla.
Por la mirada del camarero, ella debe de haberle dejado sobre el mostrador toda su furia a cambio del alcohol que le sirvió. Y había sido mucho. Con firmeza la sujeta por la cintura y después de un largo viaje lleno de flaquezas, la acuesta en la cama casi dormida.
Abre el frigobar y se lleva todas las pequeñas botellas a la cama. No alcanzan para embriagarlo, pero ojalá sean suficientes para insensibilizarlo. No lo son.
—Tienes razón, no sé por qué te lo he contado… Mira cómo te has puesto… —dice él en voz alta en la oscuridad del cuarto, ella parece dormida—. Hubiera sido mejor que te metieras conmigo, que me montaras un pollo... pero acabaste haciéndote daño tú.
—Vos sos el que me haces daño. Vos —responde ella sin mirarlo.

Cuando Ali abre los ojos, en ese segundo mágico en que la realidad se reduce a lo que perciben los sentidos, pero con la ausencia de la historia, lo ve de pie junto a la cama con una pastilla y un vaso de agua en la mano.
—Para la resaca —le dice—. No vas a poder levantarte si no la tomas.
—Gracias —responde con tono cotidiano y lo induce a que baje solo a desayunar mientras ella trata de reaccionar en la ducha.
Después de cuarenta minutos, se sienta frente a él en la mesa. El camarero, el mismo de la noche anterior, se acerca solícito sin que lo llame a servirle un café bien oscuro mientras le sonríe. Pere aprovecha para pedirle otro para él, a lo que el muchacho le responde: “Hay tazas limpias en la mesa grande. Sírvase usted mismo”.
—Desde luego… —dice Pere—, ayer le debes de haber hablado mucho de mí a tu amigo.
Ella los recorre a ambos con la misma sonrisa. El chico los deja solos.
—Bueno, acá se acaba nuestro viaje. Yo sigo sola y vuelves a… Barcelona.
Él asiente con la cabeza y agrega un “sí” suave para reafirmar.
—Voy a… antes quiero… o sea… —las palabras no le salían como ella había ensayado—. Debo ser la persona más fácil de dejar de este mundo —suelta al fin.
—No digas eso. No te estoy dejando —responde él, encontrando al fin un rol fácil en esa historia. Pero ella no da esos regalos, nunca.
—No importa. —Corrige—: Sí, importa, pero eso no es de lo que quiero hablar. Voy a decirte algunas cosas, como me salen, pero son cosas que debo… que quiero decirte. ¿Sí?
—Adelante, dime.
—¿Volvés por ella?
—No, ya te lo he dicho, es por la obra. Créeme.
—Sigo sin entender por qué me lo contaste.
—¿Prefieres que te mienta? —se está poniendo magnánimo.
—Hubiera preferido no tener que pasar la previa. “Me voy por la obra, pero, mira, te he metido un poco los cuernos”. Vamos, Pere… En este momento no se si debo empezar el duelo, la reconquista o la venganza… No puedo decidirlo ahora.

Él se la queda mirando, espera que siga hablando, pero ella no agrega nada más.
—A veces eres tan impredecible que me trastornas —dice él.
—Sí, claro. Te arrastro a Londres y París para distraer tu ansiedad y pasar un tiempo juntos antes de la vorágine. ¡Qué cosas locas hago! ¿O es porque no digo si us plau que estás dudando? —Y pensando un momento, agrega—: O tal vez sí sea eso, ¿no? Ya es tiempo de que vuelvas a tu aldea… siempre me pregunté por qué estás conmigo… si la que necesita ser extranjera soy yo, no vos…
—Yo no he dicho eso, para, por favor. Sabes que la ansiedad de empezar una obra me vuelve un poco...
—Egoísta —dice Alicia con una seguridad tan profunda que no deja margen de error.


Esa misma tarde, ella baja al bar para no verlo hacer la valija. Todavía le quedan unos días en París antes de ir a la última parada: Boulogne-sur-mer. Lo ve bajar por la escalera desde su silla en la barra. Llega el momento de despedirse. Se paran uno frente al otro, bajo la estricta mirada del camarero.
—Nos vemos en unos días —ayuda él, y se acerca para darle un beso en la mejilla, pero se arrepiente y termina en su boca. El camarero alza las cejas y mueve de un lado al otro la cabeza

Capítulo 6 - Boulogne-sur-mer


Tancat


El vuelo sale con demora, por lo que Pere llega tarde a Barcelona. No había avisado a nadie, lo haría en la mañana cuando pudiera acomodar un poco las piezas. En la puerta de su casa se cruza con la vecina de abajo justo cuando ella sale apurada para una fiesta o algo por el estilo. Ni se detiene a preguntar por Alicia, solo le sostiene la puerta y se va entre risas.
Parado frente a su puerta, por más que revisa cuatro veces todos sus bolsillos y la valija, no encuentra la llave. Toma el teléfono y le escribe: “Parece que sigo con el karma de las puertas cerradas. ¿Me he dejado allí mis llaves?”.
Alicia no puede evitar sonreír. Estaban sobre su mesa de noche, ya las había visto, se alegra de que las necesite esa misma noche. Blanca no había ido a recogerlo. Responde: “Están aquí. La vecina de abajo tiene copia. Nuestra puerta no tiene placas conmemorativas. Tal vez algún día”.
No es necesario decirle que tiene que usar otro plan. Busca responder con algún ícono gracioso de wasap, que no encuentra, así que le envía un “Buenas noches” al que le borra el “soy un imbécil” hasta estar totalmente seguro.

La noche oscura




El tren llega a la estación de Boulogne-sur-mer de noche y tiene que caminar hasta el hotel debajo de una lluvia débil. Compra un sándwich en un bar cercano y va directo a su habitacion doble a medias vacía a darse una ducha para sacarse el frío y luego sentarse a comer mirando por la ventana. La vista es abierta, pero solo se ven paredes y ventanas cerradas.
“Bueno, noche, frío, lluvia, un bocata miserable, sola, lejos, un pueblo sin gracia, sin entender el idioma… Sola… otra vez, sí... Soy la mejor organizando vacaciones”. Deja el sándwich a la mitad sobre la mesita de noche y se mete en el baño para secarse el pelo. Que el secador no tenga potencia no es motivo para ponerse a llorar de esa manera.
Después de descargar un poco, se mete en la cama con el portátil y empieza a preparar la visita del día siguiente. Buscar la dirección exacta de la última casa de San Martín, aprender cómo llegar —estaba solo a dos calles—, conocer los horarios, enterarse de que está cerrada por obras... “Cerrada por obras”. Desde la semana anterior. Cerrada. ¿Por qué no había visto ese dato?
—¡Bueno! —dice en voz alta a nadie—, por lo menos esta puerta cerrada no la tuviste que conocer, Pere.
Y esta vez sí, llora hasta quedarse dormida.
A la mañana siguiente, mientras desayuna, nota que el gran edificio que está del otro lado del estacionamiento al que da el hotel es el correo. Termina el desayuno y sube a la habitación para revisar si todavía e inexplicablemente ese alojamiento deja papel, lapicera y sobre a sus pasajeros. Afortunadamente los encuentra dentro de una carpeta en el cajón del pequeño escritorio, así que los carga en su mochila y sale a ver la última puerta de ese viaje.
Es un pueblo que le queda grande a los pocos habitantes que lo caminan, lleno de negocios cerrados y sucios con carteles de à louer (se alquila) y un silencio de madrugada aunque son las once de la mañana. Después de detenerse frente a la fachada en donde una bandera celeste y blanca juguetea con la francesa, sube hasta la ciudad vieja amurallada por donde los “boulognesurmerses” pasean a sus perros o hacen ejercicio. Luego, baja por pequeñas calles casi desiertas hasta el mar. Pasa el puerto y llega a la estatua del Libertador, justo sobre una playa de carpas de maderas blancas y celestes. Se sienta en una parte reparada de la brisa fresca, saca papel y lapicera y se pone a escribir.

“Amor a la verdad y odio a la mentira”




Hola, Alicia:

Te escribo porque cuando llegues a casa es posible que te sientas muy mal. Y por más que ahora quieras que Pere esté ahí muerto de amor por vos, las batallas hay que darlas y hay que estar preparada para perderlas también.
Por eso te escribo, me escribo, desde la última parte de este recorrido que empezó con tanto para aprender y que termina con un presente incierto. Es el último lugar en el que San Martín soñó con un mundo de hombres libres. Quizás el general te ayude a pasar estos días, a darte valor y templanza para poder enfrentar y escuchar de sus ojos tu futuro. Porque se trata de saber cómo vamos a vivir, vos, yo, él, cuando fijemos nuestra libertad y sus límites.
El liberator nos está observando desde su caballo, ahí, con la bandera en alto. No podemos defraudarlo.
Pero vamos cerrando senderos. Esta es la última parada.
Así transcurrieron sus últimos años: en 1841 su amigo Aguado lo invita a ir con él a España, pero las autoridades no lo dejan entrar con papeles que digan que es un general argentino. Como ciudadano común, sí puede entrar, pero como general argentino, no. El se niega y renuncia al viaje. Uno es lo que es y que nadie nos diga cómo debemos nombrarnos. Y ese viaje termina horrible: su amigo Aguado muere por un accidente en el camino. Lo entierran en París, en el cementerio de Père-Lachaise, con una leyenda en su lápida que dice: “No busquen entre los muertos al que vive”. Es una cita del evangelio. Viéndolo desde hoy, buscar vida entre las cosas muertas se convirtió en un estilo de vida, ¿no? Pero bueno, sigamos.
Parece que con el mismo tino con el que yo encuentro puertas cerradas, a los San Martín los persiguen las revueltas: en 1848 tienen que dejar Grand Bourg cuando empiezan las luchas que acaban en la abdicación del rey y el comienzo de la Segunda República Francesa. Se vienen a este pueblo y se instalan en dos habitaciones de esa casa que está ahí, a dos cuadras de mi hotel. Con setenta años, muy mal de salud, con unas cataratas que le impiden leer y escribir cartas, en sus últimos años se dedica a conversar con sus visitas y, especialmente, con su vecino, el abogado y bibliotecario del pueblo Adolphe Gerard, quien absorbe con entusiasmo todas sus historias. Y el 17 de agosto de 1850, ya sabemos, el general deja incumplido su sueño de descansar en su patria.
Pero, después de todo lo que pasamos para llegar hasta acá, la última escala de este viaje debe ser otra cosa, porque si es lo que es, su muerte, nuestra soledad, la verdad que es una mierda.
Hay una parte de la historia de San Martín en la que no me detuve antes. Creo que ahora es cuando.
Empecé este viaje tratando de entender ese tipo de amor excepcional hacia América por el que puso su vida en juego tantas veces y del que luego se alejó sin retorno. Por qué. Por qué sí y luego por qué no. Y esa pregunta la hago quizás para entender mis propias partidas o con la esperanza de encontrarle sentido a los nuevos puertos. Qué se yo. Y además en algún momento de este recorrido esa respuesta se volvió urgente.
Quiero pensar que no hay un momento único en el que todo en la vida cobra sentido. Pero sí que hay una instancia crucial en la que se logra nombrar lo que uno es y, especialmente, lo que no es para así hacer que el mundo se dirija hacia ese destino.
Mi primera sorpresa, en la que los libros de historia no se detienen, es que no dejó el Río de la Plata dos veces, una con seis años y otra con cuarenta y cuatro, sino que lo hizo una vez más, cuando todavía vivía en Bélgica. Y ese, creo, es el momento en el que San Martín mostró a todos lo que no era y lo que no quería ser nunca.
El contexto de esa tercera vuelta era el siguiente: en 1828, el Río de la Plata estaba en medio de una guerra civil entre los unitarios, que querían un poder único centralizado en la capital, y los federales, que esperaban un gobierno compartido con las provincias autónomas. Entre los unitarios estaba el archienemigo del general, Bernardino Rivadavia, al que el congreso con mayoría de los suyos había elegido como primer presidente nacional. Y entre los federales, Manuel Dorrego, independentista y amigo de San Martín. Como si esto no fuera suficiente, y por culpa de la anexión de la Banda Oriental al Río de la Plata por parte de un general unitario, también estábamos en guerra con Brasil. El gobierno de Rivadavia fue un desastre, nuestra primera deuda externa impagable lleva su nombre, y encima aprovechó el cargo para ir contra San Martín: disuelve el cuerpo de Granaderos a Caballo, lo hace seguir por espías en Europa y le intercepta las cartas que envía a sus amigos en el Río de la Plata. Lo odiaba. Pero se ve que pasó demasiado tiempo odiando y no se dedicó a lo que debía, por lo que su gobierno termina firmando la derrota con Brasil y él renunciando. Manuel Dorrego se hace cargo de la gobernación de la provincia de Buenos Aires e intenta arreglar el desastre. En ese momento es cuando San Martín decide volver, no con intenciones de ocupar cargos, sino para tener una vida tranquila, retirado en los territorios por los que habría dado su vida.
Pero cuando llega a Brasil se entera de que Dorrego había sido fusilado sin juicio ni proceso por otro unitario, Juan Lavalle. No se detiene, sigue viaje hasta Buenos Aires, aunque ya había decidido no desembarcar. El amor romántico que exige a la pasión que se llene de espinas y culmine en la muerte no es el tipo de unión que el Libertador tenía en su vida, ni con su patria, ni con la historia. Sus deseos de igualdad, libertad y fraternidad estaban urdidos con corazón y con razón.
Seis días se queda en el barco frente al puerto arreglando sus asuntos económicos. Los gobiernos de los países liberados no pagaban bien a sus héroes y sumado a que el cambio no lo favorecía, vivir en Europa lo obligaba a una vida restringida. Unos años después de este, su último intento, su hija y su yerno vendrían a liquidar definitivamente sus bienes.
Durante esos días en el puerto, San Martín incomodaba al gobierno de Buenos Aires, él lo sabía bien. Desde los periódicos y anónimamente, con una nota firmada por “unos argentinos” —parece que los ataques cobardes son anteriores a Twitter y Facebook—, le reprochan que elija no quedarse. Afirmando mentiras —llaman “paz honrosa” a la derrota con Brasil— y armando un enemigo donde no lo hay, lo atacan con cinismo: “Es raro que hayáis encontrado el país indigno de habitarlo, y regreséis sin verlo […]. ¿Qué podremos ofrecer que os halague si no queréis ni ser compañero nuestro, ni nuestro guía, ni nuestro consejero? Nos abandonaís”. Lo acusan y le recuerdan que “a ningún hombre por grande que sea su mérito, le es permitido divorciarse con la patria”.
Esa, exactamente esa, es la tragedia que nos atraviesa. Con la soberbia de lo que no se es, reclamando al otro que entregue hasta su último aliento.
Pero don José responde con firmeza y argumentos más amplios que el conocido “mi sable no se desenvainará jamás en guerras civiles”.
Porque sabe que le pedirán ser el salvador de la patria, el mago que resuelva lo que, en sus palabras, “en tal estado de exaltación al que han llegado las pasiones, es imposible resolver sin el exterminio de unos por los otros”.
Sabe también que podría aceptar el cargo para desde ahí cobrar venganza, pero como le dice en una carta a O’Higgins: “Es necesario enseñarles la diferencia que hay entre un hombre de bien a un malvado”
San Martín entonces dice no, pero no como renuncia, sino como el límite que no debe cruzar para seguir siendo fiel a su ideario.
Lo dice claro. Se cuestiona si “después del carácter sanguinario con que se han pronunciado los partidos, ¿me sería permitido por el que quedase vencedor usar de una clemencia que está en mis principios, en el del interés de nuestro suelo y en la de la opinión de los gobiernos extranjeros, o se me obligaría a ser el agente de pasiones exaltadas que no consultan otro principio que el de la venganza?”
Y deja por escrito en otra carta, a Tomás Guido, lo que deberían enseñarnos en la escuela con más urgencia que el recitado de las máximas a su hija. “No faltará algún Catón que afirme tener la Patria un derecho de exigir a sus hijos todo género de sacrificios; yo responderé que esto, como todo, tiene sus límites: que a ella se debe sacrificar sus intereses y vida, pero no su honor y principios.
Esta es mi esperanza, sin ella y sin el sueño (como dice un filósofo) los vivientes racionales dejarían de existir”.
Me gustaría decirle, mientras lo miro en su estatua, que muchas gracias general, por sus esperanzas y sus sueños. Y por mantener sus límites más allá de los triunfos.
Y ahora Alicia, vas a mandarte esta carta que llegará después que vos a tu casa. Y si toca enterrar muertos, habrá que hacerlo, pero asegurate antes de que estén realmente muertos. Porque sabes que vos, yo, sin ese cóctel de emociones en efervescencia y torpezas en que se convierte Pere antes de cada estreno, sin esa compañía de paseante dominguero cuando está en casa esperando su próxima obra, serías una autopista de salida siempre. Y será por la posibilidad de que ya no esté para interpelar tu mirada o por chocar con tanta puerta cerrada en estos días, que te morís de ganas de entrar y permanecer. Ojalá nos queden sueños y esperanzas para vivir juntos.